viernes, octubre 30, 2009

Primer amor

Me encontraba en una piñata con un payaso ramplón y un mago prodigioso. Estaba, gracias a un inexplicable giro de la reunión, bailando con una niña mayor en edad y estatura. Los adultos, entretanto, aplaudían y reían de mis toscos pasos. Milena, frente a las risas, se balanceaba con la gracia de una bailarina de ballet. El payaso anunció, al final de la canción (que imagino, por la fecha y el lugar, un merengue), que ganamos, ella y yo, una muñeca y un juego de carpintería, respectivamente. Recibo el premio con el corazón galopándome y con la convicción que ha sido la mayor vergüenza de mis escasos cinco años. El único consuelo, pienso en ese momento, es el hecho de tener serrucho, puntillas y martillo para capotear el tedio del siguiente día. Los adultos piden, en el instante en el que me disponía retirarme de la sala, en coro aplaudido, que le dé un beso a la niña. Ella, imperturbable, acerca su mejilla para que la bese.

La mañana siguiente me despierto con los sentimientos enredados: noto que, a pesar de la alegría de tener juguetes nuevos, un temor muerde mis entresijos. Mi mamá, omitiendo deliberadamente mi mirada confusa, anuncia, en el instante mismo de mi desasosiego, que Milena había bajado una hora antes a buscarme. ¿Milena?, pregunto sobresaltado. Sí, responde; llegó hasta la sala y cuando se dio cuenta que la miraba emprendió la huída. No puedo, en ese momento, reprimir la primera del largo rosario de sonrisas socarronas que han emergido de las comisuras de mis labios ni atajar la concurrencia de emociones y sentimientos. Segundos después pedí a mi mamá que permitiera bañarme y vestirme sin su concurso. Ella, entendida en asuntos del corazón, asintió a mi requerimiento. Minutos después salí del baño con la cara radiante por estrenarme en los usos del amor y jabonosa por inaugurarme en las técnicas de la limpieza. Me vestí con los que juzgué mis mejores pantalones y me calcé los tenis que sólo me ponía en ocasiones especiales. Decidí, después que desayuné con el corazón tocando a rebato, subir al segundo piso. Ella me esperaba al final de las escaleras con una altanería medida al milímetro. Subí con la serenidad de un monje tibetano y cuando llegué al último escalón me incliné y, en un golpe de audacia, le besé la mejilla. Antes que ella tuviera la oportunidad de mirarme o, lo que es peor, de hablarme, huí por las escaleras. Me metí bajo la cama con la alegría y el miedo intrincados. Estuve allí hasta que escuché los papás de Milena despidiéndose en el portón de la casa. Emergí, en ese instante, de la litera para asomarme a la ventana del cuarto. Vi, a través de las cortinas, a Milena mirando hacia la ventana…

El amor, a partir de ese instante, me ha acompañado de las dos maneras en las que él se presenta: por omisión o por persona interpuesta. El primer caso es, por mucho, el más común en mi vida, lo cual, a pesar de ser una suerte (téngase en cuenta que, cada vez que el amor se encarna en una mujer, mi vida se sufre modificaciones mayúsculas), me ha traído aflicciones vecinas de la tortura. El segundo, como queda dicho, ha generado prodigiosos cambios en mi vida (la escritura, sin ir tan lejos, es uno de ellos).

jueves, septiembre 03, 2009

Marjorie

(Fuente de la Imagen)
En las comedias norteamericanas que inundan la televisión y los cines nacionales se acuñó un término que pretende reunir una ristra de fenómenos en sus cuatro palabras: Amor A Primera Vista. Yo, en mi condición de escéptico irredimible, no creía que el tipo de amor que alude esta frase pudiera existir ya que este sentimiento es, entre otras cosas, una construcción desde y hacia la cotidianidad. Pues bien, el miércoles 15 de julio del presente año la vida con su incomparable capacidad de ilustración me enseñó que el amor también se edifica en pocos minutos y que es, acaso, más sólido que el amor que se labra sobre los pantanosos terrenos de la cotidianidad.

Eran las siete de la noche de aquel día. Estaba esperando en la portería de la urbanización La Puerta del Sol, el arribo de Mónica, de Melissa, su hija y de Marjorie, su amiga. Empezaba –o intentaba- acomodarme al calor de Barranquilla. Los residentes observaban con curiosidad a las maletas y a mí –en ese orden-. Yo miraba, entre tanto, el reloj cada dos minutos. Al final de la que imagine fue una larga espera llegó el taxi. Vi la mirada impasible del taxista y al lado la celestial sonrisa de Marjorie (la reconocí porque vi todas sus fotos en el perfil de facebook). Ella se bajo del vehículo y me abrazo con energía. Correspondí su saludo afectuosamente. Hola Cachaquin, dijo después del apretón. Salió Mónica y la abracé con euforia; saludé a la niña y entramos al conjunto

Minutos después de estar en el apartamento extraje el cable telefónico, las clavijas y las uniones que había comprado en Bogotá. Hice las conexiones correspondientes al modem para instalar internet al computador que esperaba en el estudio. Luego de una larga llamada a los técnicos de la compañía que suministra el internet (y de cuyo nombre no ha quedado registro en mi memoria) entraron al estudio para acreditar mis capacidades en la instalación de redes. Marjorie se sentó, para tal efecto, en la silla de la mesa del computador; Mónica en una mecedora grande y a mi correspondió una mecedora que, a juzgar por sus dimensiones, era para niños menores de ocho años. A los pocos minutos de estar todos en el estudio le tomé la mano derecha a Marjorie; contemplé la tersura de su piel y el dulce tono fuliginoso y le di un beso en el dorso. En ese instante un corrientazo navego mi espina dorsal a todo galope; la mire a los ojos y ella respondió con una mirada luminosa.

A media noche estábamos todos acostados en la cama de Mónica. La niña dormía apaciblemente en tanto que nosotros hablábamos de Barranquilla, de Saludcoop, de los miembros de la familia y de amigos en común. En un impulso inexplicable me acerqué a Marjorie y ceñí su cintura con mi brazo izquierdo a la vez que posé mi mentón sobre el hombro de la misma lateralidad (en honor de la verdad quería, en lugar de descargar mi mentón, besar el cuello). Su cuerpo, lo sentí con nitidez, decidió quedarse quieto a pesar del sobresalto producido por mi audacia. Pocos minutos después Mónica se lanzó a las cenagosas aguas del sueño. Marjorie, cuando levanté el brazo para irme, me dijo que me quedara otro rato hablando con ella. Minutos después noté que ella estaba exhausta. Tienes que descansar, dije con firmeza al tiempo que me levantaba. Tome la sábana que estaba enroscada a los pies de la cama. La arropé con suavidad y le di un beso en una mejilla; la mire a los ojos un instante; me acerqué y le di un beso en los labios. Abrió los ojos; ¡la cague!, me dije en medio del pánico; mañana no volverá, rematé con pesadumbre. Apagué la luz y me fui a mi cuarto…

Al otro día me desperté con deseos irreprimibles de estar cerca de Marjorie. Me levanté minutos antes que Mónica y la niña salieran a trabajar y al colegio, respectivamente. Me acosté a su lado, la abracé con ternura y le dije dulcemente, hola. Me hundí en su mirada enigmática. Hola, dijo con voz neutra. Hablamos dos minutos sobre trivialidades hasta que acerqué mi boca a la suya; sentí, un segundo después, la mansedumbre de sus labios abrirse y recibir los míos…

domingo, septiembre 28, 2008

Alcohol, toros y mujeres


Eran las nueve de la mañana cuando salimos de una fiesta con mis compañeros del colegio. Como pasaba en aquellos lejanos días (junio del noventa y ocho) salimos sin un centavo y nos tocaba irnos, o bien caminando, o bien pidiéndole al conductor del bus que nos llevara por la puerta de atrás a cambio de un importe menor al valor total del pasaje. Ese día decidí caminar hasta donde una tía que vivía (y aún vive) a media hora a pie del lugar de la rumba.

Cuando llegue me encontré al marido de mi tía con una maleta en la puerta. ¿Tiene algo que hacer hoy y mañana?, me preguntó con voz apremiada. No, le dije sin pensar. Entonces acompáñeme a un pueblo que necesito gente de confianza para vender las boletas. ¿Boletas?, le pregunte mientras caminaba a su lado. Sí, organice una corrida de toros en Iguaque, un pueblo de Boyacá, y necesito que me colabore vendiendo boletas. Levante los hombros en señal que me daba lo mismo dormir toda la tarde en la casa de su mujer (mi tía) que irme a un pueblo desconocido a vender boletas, comida o cualquier cosa.

A las dos horas estábamos en el carro de los toreros rumbo al pequeño pueblo. El viaje estuvo acompañado por varias botellas de manzanilla y una botella de Whiskey. Cuando llegamos a Tunja, para mi fortuna, comimos generosamente en un restaurante que queda cerca del terminal de trasporte.

Llegamos cuando el sol enrojecía el cielo. Las personas estaban arracimadas alrededor de los toldos que vendían cerveza. El color de la nariz y el volumen de sus voces evidenciaban el avanzado grado de ebriedad en el que estaban. ¿Está seguro que funcionará?, le preguntó un torero al esposo de mi tía. ¡Claro!, respondió este sin parpadear. Yo, al igual que el lidiador, estaba escéptico de la viabilidad del negocio. Nos bajamos al lado de una plaza fabricada apresuradamente por dos carpinteros oriundos de la región. Al ver la calidad del trabajo de los tablajeros nos invadió una desconfianza mayor. Creo que esto no va a funcionar, le dije a un torero en voz baja. Me miro a los ojos y me dijo: su tío ya nos pagó, así que el problema es de él, no nuestro.

A las ocho de la noche estaba vendiendo las boletas en la entrada de la plaza. El chirrido de las tablas, y el vaivén de la misma, presagiaba una catástrofe. A las nueve soltaron el primer toro. La plaza bramaba con ira. Las tablas lloraban aferradas a tornillos y puntillas. No entré por miedo a morir aplastado y porque no me gusta la fiesta brava. Al final, para suerte de los asistentes, la plaza resistió el espectáculo.

Salimos a las once de la noche hacia la plaza para tomar cerveza y comer fritanga. Después de apurar ocho cervezas y varias morcillas partimos para Sora. Cuando intentamos prender el carro este no respondió gracias a que el tanque estaba más seco que una piedra. Del baúl salieron tres galones vacíos con igual número de mangueras. Buscamos camiones, al amparo de la oscuridad, para extraerle gasolina de sus tanques. Después de media hora, y una correteada del dueño de uno de los camiones, llegue con medio galón de combustible. Todos me esperaban en el carro. Hágale que ya le echamos gasolina, me dijo desde el interior, uno de los artistas.

Dos horas después estaba en Sora tomando aguardiente y bailando con las habitantes del pueblo (todos los pueblos de Boyacá, al parecer, estaba de fiesta). Entre las circunstantes había una que me miraba insistentemente. Me acerque después que el aguardiente promovió valentía a mi corazón. La invité a bailar; aceptó sin timidez. Mientras bailábamos le pregunté por su vida y supe que era sobrina de un señor que vivió con nosotros, además de estudiar en la Distrital. ¡Vaya sorpresa!, dije con sincero asombro; tu tío vivió con nosotros por dos años y, al igual que tú, estudio en la Distrital. Me miró con escepticismo. ¡En serio!, dije para afianzar lo dicho. Después de algunas explicaciones el recelo dio paso a la sorpresa, y esta, a su vez, dio paso a la admiración de los hilos del destino. Al filo de las tres de la mañana se fue a dormir. Yo, después que la acompañé a la casa, me enzarcé en una contienda etílica que concluyo la tarde del día siguiente, justo antes de empezar a vender las boletas de la función del lunes festivo. Todo salió bien y después de contar la plata nos vinimos para Bogotá. Llegamos a las doce de la noche. Yo traía una borrachera espantosa. Me dejaron en el Boulevard con la plata del taxi.

Al siguiente día, con el estómago en estado calamitoso, llamé a la niña para invitarla a tomar cerveza en un bar del centro…

lunes, agosto 25, 2008

Copas y armas

A mediados de junio del año noventa y siete estaba vigilaba que los oficiales y suboficiales no se desmadraran en las fiestas que se realizaban en el club de suboficiales.

Una noche de abril nos despertó un sargento porque había problemas en la discoteca: hay un hijueputa borracho amenazando al PM que está en la puerta con un revólver, dijo con voz nerviosa. Al escuchar eso salimos corriendo hacia el lugar. Al llegar vimos que estaba, en efecto, un suboficial ebrio, armado y con el uniforme gritando al PM que estaba en la puerta. Lo más grave del caso era que el suboficial no solo pertenecía a nuestro batallón sino que era orgánico de nuestra compañía (era mismo sargento que me había esposado en el batallón meses atrás).

Uno de nosotros le grito, después de indagar con la mirada: “suelte ese revólver o se lo hago tragar gran hijueputa”. Nos miramos asombrados porque González nunca había descollado por su valentía ni por su fortaleza. El sargento, al escucharlo, se vino tambaleando hasta nosotros. Se paró frente a él, y sin quitarle los ojos de encima, le dijo con voz pausada: “repita lo que dijo soldado”. González le dijo sin pestañear: “suelte el hijueputa revólver o se lo hago tragar”. Todos nos miramos con pasmo. En un parpadeo el militar le dio un cabezazo y luego lo empujo; el soldado dio un traspié y cayó al piso; el sargento se lanzó sobre él con rapidez y lo fulminó con dos patadas en la cara. Cuando constató que González no hostigaría más dio media vuelta y se encaminó a la discoteca. Nos quedamos quietos sin saber qué hacer. Cuando llegó a la puerta de la discoteca encañonó al PM sin mediar palabra. El soldado levantó las manos y lo dejó seguir ya que no tenía forma de defenderse (en las fiestas y en la puerta de la discoteca los soldados debíamos prestar con una cosa que se llama prendas blancas y con un bolillo). Nos miramos y salimos corriendo para el alojamiento a sacar el armamento. Uno de nosotros, después de armarse, salió a buscar al comandante de la base y el resto de nosotros nos fuimos para la discoteca.

Al vernos entrar el sargento sacó el revólver y se vino hacia nosotros. La música, en ese momento, paró; los gritos de las mujeres no se hicieron esperar; las personas se escondían bajo las mesas (parecía una escena de película gringa). Pero es que las niñas quieren parecer hombrecitos, nos dijo el suboficial mientras se acercaba. ¿Quién es tan valiente como para darme un balazo?, continúo. Se paró cuando estaba a tres pasos del grupo. Metió el arma entre la pretina del pantalón y el cinturón; sacó una cajetilla de cigarrillos del bolsillo de la camisa; extrajo un cigarrillo y lo encendió; cuando iba a expulsar la primera bocanada de humo sintió el culatazo de un fusil. Minutos después ya le habíamos propinado una paliza inolvidable. Cuando llegó el comandante de la base teníamos amarrado al borracho a un poste de la cafetería. A las seis de la mañana lo recogió una comparsa de oficiales, suboficiales de la brigada que lo condujeron, según nos contó un teniente, al calabozo para luego procesarlo por los desmanes de la noche.

domingo, julio 27, 2008

Fiesta de quince


(Frank Morrison)

En la manigua de eventos sociales hay uno que se caracteriza por el boato, la dilapidación y los consecuentes excesos en la ingesta de viandas y alcohol: la fiesta de quince.

Entre la ristra de este tipo de festejos recuerdo uno al que me llevo mi mamá con la promesa que no estaríamos en la reunión por más de una hora (saludo a mi amiga y luego nos vamos, fueron sus palabras).

Llegamos a la casa de la quinceañera a las siete de la noche. En ese momento estaba la amiga de mi mamá reunida con las compañeras del trabajo. Después de las presentaciones y las preguntas acostumbradas me senté en una silla que estaba a la diestra del parlante que entonaba a Los Hispanos con desgano.

Poco después que tome asiento la anfitriona me preguntó si quería aguardiente. Sí, gracias, fue mi respuesta lacónica. Después de dos minutos de espera llegó la señora con un vaso transparente de plástico lleno hasta la mitad de aguardiente. Cuando vi la generosa cantidad me sentí regocijado. La señora se dirigió, después de darme el trago, a la cocina –donde, por cierto, estaba mi mamá-.

Quince minutos después paso Helena, la amiga de mi mamá, para abrir la puerta. Cuando cruzó note que miro el vaso vacio que descansaba sobre el silente parlante. Un minuto después llegó con un vaso igual al anterior pero en esta ocasión lleno de ron con Coca Cola.

Le di un primer sorbo y comprobé que la señora dominaba la mezcla del Cuba Libre: 90%de ron; 8% de Coca Cola y 2% de limón. Bebí con gusto el brebaje mientras revisaba los CD’s que la señora me había dado para que eligiera la música que quería escuchar.

Al término del Cuba Libre la dueña de la fiesta me trajo, sin la pregunta protocolaria, medio vaso de aguardiente. Lo tomé al tiempo que escuchaba con gozo la autorizada voz de Daniel Santos.

A las dos horas, cuando la sala estaba atiborrada de familiares, la quinceañera llegó con vestido de noche y peinado de reina. Los concurrentes al verla gritaron, silbaron y aplaudieron. La homenajeada, ante la salva de aplausos y silbidos, se puso roja como un rescoldo. Después de las felicitaciones y los abrazos todos se enlazaron en una red de conversaciones que hacía inaudible a Fruko y Sus Tesos.

A las tres horas fui a la cocina a preguntarle a mi mamá a qué horas partiríamos. En diez minutos salimos, me contestó ella. Cuando llegue al ángulo que había ocupado encontré un vaso con aguardiente. Me senté a beberlo y a cambiar las agonizantes canciones.

Dos horas después no sabía cómo había llegado a esa casa ni cómo me iría de ella gracias a los diecinueve vasos de aguardiente y a las dieciocho Cubas (no obstante la borrachera pude llevar la cuenta de la cantidad de alcohol que había consumido esa noche). Los invitados, en ese momento, empezaban a salir gracias a la consunción de la alegría. En la puerta -donde se arracimaban los primos que no decidían irse- vibraron cuatro trompetas; el silencio de los asistentes se apretó para darle paso a la voz de un señor barrigón, chiquito y con bigote cano. La quinceañera, que minutos antes tenía cara de aburrimiento, resplandeció de nuevo. La algarabía de los sobrevivientes encendió de nuevo la hoguera de las chirigotas y los diálogos que agonizaban minutos antes.

Después que los mariachis se fueron se acercó mi mamá hasta el rincón donde el sueño empujaba mis párpados. ¿Nos vamos?, me preguntó. Sin poder hilar bien mis pensamientos asentí con un movimiento imperceptible de la cabeza. Intenté levantarme pero el peso del cuerpo me ganó cayendo de nuevo en la silla. ¿Está borracho?, preguntó mi mamá con disgusto. Volví a asentir con la cabeza. A usted no se le puede llevar a ninguna parte porque no piensa sino en emborracharse…

miércoles, junio 18, 2008

Borrachera inolvidable

(Fuente de la imagen)

La siguiente anécdota habla de la que quizás fue mi peor borrachera.

Todo inició con una ingenua llamada de Patiño. Después de hablar durante media hora de lo divino y lo humano me dijo que fuera a la casa de él a emborracharme. Yo le dije que no tenía ganas de ir y que, además, no tenía un peso para comparar aguardiente. Él me dijo que la plata no era problema porque iban el negro y que entre todos se acopiaba los recursos necesarios para el alcohol. Después de un largo periodo de meditación (dos segundos) le dije que sí. Colgué.

Dos minutos después volvió a sonar el teléfono. Era mi primo. Le dije que le caía a la casa y que de ahí partiríamos a la casa de Patiño a tomar trago.

A los tres minutos sonó, de nuevo, el teléfono. Esta vez era mi hermana. Le dije que si quería que fuera a la casa de Patiño porque se formaría una reunión amenizada por el alcohol.

A las ocho de la noche estábamos frente a un almacén de cadena reuniendo la plata para comprar Aguardiente del Quindío (era el que ofrecía la mejor promoción del momento: por dos botellas le regalaban media más). Salió el Negro con cara de acontecimiento: no había aguardiente del Quindío. Pero, dijo él, me alcanzó para estos cuatro litros de N (esta es la hora que no sé cómo compró tanto aguardiente con tan poca plata). Después de aplaudirlo, felicitarlo y darle golpecitos en la espalda, nos fuimos para la casa de Patiño.

Cuando llegamos al sagrado hogar estaba esperándonos mi hermana con una caja de vino. Nos instalamos cómodamente en las sillas; abrimos las cajas y empezamos a libar el nunca bien ponderado brebaje.

En la mitad de la primera caja Patiño llamó a Doris. Habló con ella bastante tiempo. Luego se sentó compungido. Después, al término del litro, se levanto y volvió a llamar a Doris; le dijo, con frases que siseaban en sus dientes, que iba a recogerla. Ella, supongo, le preguntó cómo la iba a recoger si la mamá no la dejaría salir. Sólo espéreme en la terraza; le contestó él secamente.

Colgó; me miró y me dijo: camine marica que hay que bajar a Doris de la terraza. Yo miré a mi primo y le dije: camine marica que hay que bajar a Doris de la terraza. Salimos con la incomparable valentía que genera el alcohol.

Cuando llegamos estaba ella, cual doncella Shakesperiana, esperando a su amado. Él, cual Romeo, le dijo en voz baja: calle a ese perro hijueputa que puede despertar a su mamá. Ella, cual Julieta, le dio una patada al escandaloso lebrel. Cuando el animal suspendió sus ladridos Patiño le preguntó si tenía una cuerda. Ella, con cara de yo pienso antes que ustedes, mostró la cuerda que ya tenía atada al hueco de un ladrillo.

(acá debo abrir un paréntesis. La terraza quedaba –o queda, no sé- en el segundo piso y estaba custodiada por seis hileras de ladrillos).

Ella, después de santiguarse, Se subió sobre los ladrillos; se agarro de la cuerda y bajó con rapidez pasmosa. Nos miramos con asombro Patiño, Rodrigo y yo. Ella, una vez toco el piso, se abrazo a su amado Romeo…

Al llegar a la casa retomamos la labor. Sacamos la segunda cajita y la inauguramos con aclamaciones a la destreza de Doris. En tanto que nosotros (mi primo, el Negro, Patiño y yo) tomamos aguardiente, ella y Diana remataron la caja de vino. A la media hora estábamos eufóricos.

Al término de la segunda caja estábamos picados con el trago. Doris, por su parte, estaba bastante ebria. Patiño, cual hombre responsable, decidió dejarla en la casa.

Fuimos de nuevo Patiño, mi primo y yo. Cuando llegamos Doris le dio miedo subirse. No sea pendeja, le decía en voz baja Patiño; subirse es más fácil que bajarse. Ella no atendía razones. Luego de unos minutos de deliberación decidí subirme a la terraza y desde allí ayudarla a subir. Todos estuvieron de acuerdo. Ella subió sin ningún problema. Luego, cuando yo iba bajando me dejé caer de espalda. No sentí dolor alguno. Me limpié y nos fuimos caminando como si nada.

Cuando llegamos el Negro ya estaba durmiendo. Rodrigo, mi primo, se tomo dos tragos más de aguardiente y se fue a dormir. Mi hermana se acostó poco después.
Ante ese panorama le dije a Patiño: nos tocó emborracharnos con lo que queda de trago. Él, obviamente, asintió.

Al terminar la tercera caja estábamos entrados en la juma: hablábamos duro; la lengua estaba espesa y las palabras corrían sin sentido. Paramos a comer. Luego, cuando el estómago estaba lleno y la cabeza había recuperado en buena medida su lucidez, abrimos la cuarta caja.

Al amanecer encontré entre el desorden de cd’s uno que me llamó la atención. Le pregunté a Patiño de quién era; me dijo que era de la hermana. Lo puse y sonó esta canción:




Me gustó tanto que dejé que sonará indefinidamente.

De ese momento hasta las doce del día no sé qué sucedió. El hecho es que cuando desperté estaba encerrado en un colectivo en los límites de la ciudad. Estaba completamente ebrio. Empecé a patear la puerta para que me dejaran salir. Al poco rato llegó el conductor y me sacó de un jalonazo. Me tiró al suelo y se quedó quieto mirándome con odio. Luego me echó la madre y me dijo que me largara antes que empezara a repartir varilla. Me levante y me fui caminando. A las dos cuadras vomité. Seguí caminando. A la media cuadra volví a vomitar. Seguí caminando. Diez pasos después volví a vomitar. Luego di dos pasos e intenté de nuevo vomitar. Luego me recosté en un poste y me dormí…

miércoles, mayo 07, 2008

Primer día en el batallón

Recuerdo que todos estábamos con ganas de pegarnos un tiro aquella tarde de enero. Llevábamos más de una semana escuchando “mañana los bajan al batallón”. La desilusión, a estas alturas, nos había tomado por asalto y ya no queríamos bajar al maldito batallón: queríamos, en su lugar, hundirnos hasta el cuello en la carroña de la que se alimentaba la compañía de instrucción. En ese momento, cuando todos veíamos volar los moscos bajo la canícula, oímos el grito de algún dragoneante: “hasta tres para formar”. Nos levantamos sin ganas y fuimos a apiñarnos en lo que debía ser un pelotón.

Después de una larga disertación sobre el compromiso de los soldados y cosas de ese jaez el capitán Días anunció lo inesperado: tienen diez minutos para arreglar sus cosas que en media hora bajan al batallón. El asombro dominó las filas. Todos corrimos sin concierto hacia nuestros alojamientos para alistar nuestras pertenencias.

Diez minutos después estábamos, en efecto, con tula y baúl frente al campo de paradas. Media hora después llegó el capitán Días; miro las desordenadas filas de soldados; miro el piso y luego dijo: ¿quiénes saben cocinar? todos nos miramos con asombro. ¿No hay ningún hijueputa que cocine? Interrogó con disgusto manifiesto. Un par de manos tímidas emergieron del quinto pelotón. Al frente, gritó el capitán. ¿Quiénes saben tocar instrumentos?, volvió a interrogar; algunas manos asomaron en las filas. Los interrogantes siguieron hasta que sólo quedamos el grupo de soldados que no sabíamos hacer nada. Bueno, dijo el capitán en tono desabrido, ustedes son una vergüenza; no sirven ni para tener una puerta. A partir de este momento ustedes hacen parte de la compañía Girardot, la que será, téngalo por seguro, la peor compañía del ejército. Nos dimos la mano en señal de camaradería y de respeto.

Después de una inspección de intendencia nos subimos al camión que nos llevaría al anhelado batallón.

Cuando llegamos a él todos los soldados antiguos tenían una tabla en la mano. Cuando el primero de nosotros bajo del camión golpearon las tablas contra paredes y pisos al unísono con tal coordinación que sólo sonaba un tablazo amenazador. Los vamos a matar a tablazos hijos de puta, gritaban una vez pararon de golpear pisos y paredes. El recibimiento fue, lo confieso, muy intimidante. Después del conteo, la entrega de intendencia y la asignación de catres nos fuimos a comer.

Al regresar de la comida formamos y se leyó la guardia que iría a prestar esa noche. Yo estaba en el grupo. Me asignaron fusil y munición para ir a prestar esa noche en la casa del procurador…

****
Cuando regresaba de la guardia estaba tan cansado que me tire en el camión, desoyendo la recomendación de los dragoneantes, a dormir. Me despertaron un par de patadas en la espalda del suboficial de servicio. Baje del camión, hice las reglamentarias veintidós lagartijas y me fui a entregar el fusil.

Después del desayuno me acosté en el catre para reponer algo del sueño perdido en la semana anterior. Una hora después me despertó un cabo de un tablazo (ese, definitivamente, no era mi día). Levántese hijueputa, me dijo; ¿no ve que hay revista de armamento? Gracias al sueño no entendía qué me decía. El caso es que saque el baúl de abajo del catre; tome de él las cartucheras y en el momento que iba a sacar los proveedores de ellas entendí porque estaba prohibido dormir en el camión: porque le robaban los proveedores a los que se dormían. Sentí un corrientazo desde la cabeza hasta las verijas. ¡Me robaron! ¡hijueputa me robaron! Concluí después de dos segundos de estupor. Desde la puerta de la compañía el cabo me insultaba porque no salía rápidamente. ¿Qué hago? Me preguntaba en un estado vecino al pánico. En un momento de iluminación me dije: robémosle los proveedores al centinela del baño ya que él presta sin armamento. Busqué su baúl, lo abrí con los alicates que me acompañaron durante una buena parte del servicio, extraje de él dos proveedores y la toalla para colocar sobre ella el armamento (no quería ensuciar la mía). Salí radiante.

En la mitad de la revisión apareció el centinela del baño. Me asuste un poco pero conservé el aplomo. Dos minutos después estaba el centinela revisando todos los proveedores. ¡hijueputa vida! Me decía constantemente mientras se acercaba el soldado.

Se paró frente a mí y me dijo: usted es muy güevón; ¿no se dio cuenta que los proveedores están marcados? Bajé la mirada y vi, en la esquina inferior, una abolladura que hasta ese momento creí causada por el uso. Mi primero, dijo el soldado con voz neutra, ya los encontré. Se vino el sargento viceprimero con cara de poco amigo. Se paró frente a mí, me miró a los ojos y me dijo con voz suave: soldado; está usted detenido. Así, con esas palabras y con esa puntuación. Sonreí. ¡Este man está mamando gallo!, pensé después de emitir un suspiro. ¿Cree que soy un payaso? Me preguntó el sargento. No mi primero, le respondí con tranquilidad. En ese caso mi soldado, empiece a quitase las cucardas, los cordones y las presillas que está detenido; me dijo con tono neutro; Vélez, continúo, tráigame las esposas que están en la oficina. Yo miraba para todo lado esperando encontrar una explicación en los gestos de perplejidad de los demás soldados. ¡Que se quite las cucardas, los cordones y las presillas soldado! Me dijo el sargento con tono seco. Me las quité como él me pidió. Llegó Vélez con las esposas. El sargento cerró una en mi muñeca derecha. Sígame, por favor, me dijo al tiempo que sonaba el clack de la esposa. En ese momento mi conciencia me abandonó. Llegamos al primer catre; siéntese, me dijo el sargento; me senté; cerró el gancho libre de la esposa en la varilla del catre.

Después de estar una hora mirando el piso con la mente en blanco llegó el sargento. Deje esa cara que la única violada que duele es la primera, las demás serán placenteras, me dijo con tono socarrón; Vélez, tráigale los cordones, las cucardas y las presillas al soldado, continuó. Y usted, me dijo mirándome fijamente a los ojos, tiene cinco minutos para conseguir esos proveedores para que no continúe el proceso disciplinario por robo. El proceso, mi soldado, ya está en curso; yo no lo quiero joder; consígase los proveedores y decimos que se los habían escondido y todo queda ahí. Al término de la frase me levanté y salí frenético a buscar los proveedores. Al minuto de empezar mi búsqueda se me acercó un soldado y me dijo: yo sé lo que usted está buscando; deme diez mil por cada proveedor. ¡Listo! ¡no hay problema!, le respondí con la voz temblorosa...