jueves, marzo 20, 2008

Semana Santa


(Ensor)


Para la mayoría de mortales la semana santa es un período aburrido y vacio. En mi caso la semana santa trae el recuerdo de tomatas interminables. Me acuerdo, por ejemplo, la bebeta de 1995.

La tarde del miércoles santo llegaron a mi casa dos primos (Oswaldo y Mauricio) y el tío Edgar. Su visita era para invitarme cordialmente a un viaje a Villa de Leyva. Yo gustoso acepté. Esa noche ellos se quedaron en la casa y en la madrugada del jueves salimos rumbo al colonial pueblo. A las diez de la mañana estábamos desayunando en una cafetería que queda al lado del terminal de transporte. A las once de la mañana tomamos el colectivo que nos llevó a dónde mi abuelo. A las doce del día estábamos catando la primera cerveza de la jornada. A las cuatro de la tarde decidimos bajar a saludar a mi abuelo. Yo bajaba medio ebrio a causa del trasnocho y de mi inexperiencia. Recuerdo claramente que nos sentamos a tomar guarapo mientras aparecía alguien. No me acuerdo qué paso después, lo cierto es que cuando me desperté la casa estaba llena de personas con guitarras y panderetas. Sus canciones, más cercanas a los chillidos, me retumbaban en mi atontada cabeza. Diez minutos después llegó Javier.
-¿ya le pasó la borrachera?, dijo él con tono burlón
-creo que sí; pero aún estoy mareado. ¿Quiénes son los que cantan?
-Son unos señores que trajo Martha.
-Evangélicos, supongo.
-sí.
-Menos mal que no me han visto o sino ya hubieran empezado con la cantaleta que el trago es malo; que Dios me va a castigar, etc.
-¿cómo que no lo han visto? No se acuerda que usted salió vomitando por esa ventana cuando ellos estaban almorzando. Me dijo Javier señalándome la ventana que comunica el cuarto donde estábamos y el comedor.
-No, no me acuerdo. ¿Qué más paso?, le dije con voz pastosa.
-Nada; yo lo jalé y lo saqué a que vomitara al lado del lavadero.
-Gracias.

Al siguiente día, cuando abrí los ojos, escuché a los señores evangélicos que iban a bendecir el desayuno con un conjunto de salmos que serían amenizados con una docena de canciones.
Paila; no hay desayuno, pensé mientras me ponía el pantalón. A los diez minutos ya me hallaba tomándome la primera cerveza en la tienda de Don Joaquín. Quince minutos después llegaron el tío Edgar y Oswaldo espantados por los chillidos de los religiosos. Una hora después llegó Mauricio con cara de aburrimiento.
-¿Lo pusieron a cantar alabanzas al señor? Le preguntó el tío con tono socarrón.
-Sí, contestó tenuemente.
Le ofrecimos una cerveza y seguimos tomando hasta que llegó Javier. Él nos avisó que los señores evangélicos se preparaban para hacer una celebración que duraría, según el criterio del organizador, el resto de la tarde. Paila, no hay almuerzo, pensé al tiempo que recibía la duodécima cerveza del día. Ese día volvimos a la casa a media noche en una borrachera incomparable.

Al siguiente día los cánticos iniciaron a las seis de la mañana en tanto que nosotros iniciamos la bebeta a las siete de la mañana y la concluimos al filo de la media noche. El sábado las alabanzas iniciaron a una hora que osciló entre las tres y las cinco de la mañana. Ese fue el único día que pudimos desayunar. A las nueve de la mañana los hermanos de la fe volvieron de una caminata y se dispusieron a bendecir al señor por las maravillas naturales que vieron durante la peregrinación. A esa hora partimos para la tienda a iniciar nuestro acto litúrgico de emborracharnos como marineros desamparados hasta la media noche.

El domingo las antífonas iniciaron poco después que nos acostáramos y terminaron, según relató Javier, a las once de la mañana. Nosotros llegamos a las ocho de la mañana al templo del alcohol hasta las dos de la tarde, una hora después que los evangélicos se despidieron de nosotros en la tienda. Nos bañamos y nos comimos las costillas de gallina que quedaron en una olla acompañadas de tres cucharadas de arroz. Subimos a la carretera a esperar a Roque, el esposo de una prima, quien nos había prometido días atrás llevarnos hasta el pueblo. A los diez minutos llegó Roque con Jaime y Mayerly. Les invitamos una cerveza que aceptaron gustosos. Roque dijo que no podía tomar cerveza porque estaba recuperándose de una operación que le practicaron semanas atrás. A la tercera cerveza, sin embargo, Roque aceptó tomar la mitad de una cerveza. A los quince minutos él estaba más prendido que los que llevábamos tomando todo el día. La bebeta se animo y al filo de las siete de la noche cambiamos de tienda debido a que el tío Edgar se tenía que despedir de su novia. En la siguiente tienda Osvaldo se recostó en un palo que sostenía unas tejas de zinc ocasionando que el palo se corriera y las tejas me cayeran encima. El suceso causó risa entre los circunstantes que a esta hora bordaban la decena. A las doce de la noche, después de visitar ocho tiendas, estábamos tomando y bailando en la tienda que estaba en la entrada del hipódromo. Llegamos al pueblo a las tres de la mañana. Cuando entramos a la casa de nuestra prima, la esposa de Roque, esta pegó tal alarido que supimos que las cosas se pondrían difíciles. Salimos los tres con nuestras maletas a tomar en el terminal mientras amanecía y así podernos devolver a nuestra amada Bogotá…


martes, marzo 18, 2008

Mujeres y evocaciones

Las mujeres son capaces de enderezar un riel arqueado con su terquedad mineral al tiempo que pueden salir con los ojos lluviosos de una película de Meg Ryan. Así son las mujeres: persistencia de acero y sensibilidad de algodón. Sus palabras, en las tempestuosas noches del infortunio, calientan al tembloroso corazón o, en las esquinas de la desobediencia, golpean nuestros oídos como relámpagos asesinos. Las mujeres levantan hombres caídos o entierran soles altivos en el miasma del dolor. Encienden hogueras de pasión o invitan a los más dulces sentimientos.

Yo no he sido, por supuesto, ajeno a ellas. Las mujeres, en mi caso, son fértil semilla para las praderas de la escritura, así como han sido abierto campo de reflexiones. Sus reprimendas han rectificado los extraviados pasos y sus caricias han apaciguado mis días de melancolía. Pero ¿Quiénes son ellas? ¿Dónde y cómo las conocí? Las próximas entradas narran cómo las trajo el arroyo del tiempo a mi vera y cómo fue el primer beso, la primera vez que la vi o cómo conquistaron mi corazón.

Doy, pues, paso a las historias para que ellas les transmitan las emociones que originaron sus almidonados ojos o sus tersas palabras.

Luz Amparo


(Monet)


Me encontraba en la secas ramas del estudio cuando Luz Amparo me arrebato con sus tersas palabras. Los hechos y acontecimientos que marcaron el inició de nuestra relación estuvieron marcados por corazonadas y presagios.

El cuatro de diciembre del año pasado llegué a estudiar al departamento de matemáticas. Antes de iniciar la jornada de ocho horas de estudio pasé por la sala de cómputo para mirar mi correo. En la sala me encontré con Amparo. Le conté que estaba despechado a causa de Mónica. Le mostré, incluso, algunos vallenatos que tenía guardados en el correo. Al final de la conversación le dije que presentía que una mujer iba a llegar a mi vida antes que terminara el año. Amparo, días después, me confeso que sintió la corazonada que era ella a la que yo me refería.

Al siguiente día tuve clase de álgebra abstracta y luego de la clase salí a almorzar con un grupo de compañeros. Al término del condumio nos devolvimos a la universidad a dormir en un pastizal. A los diez minutos de haberme tendido en la pradera sentí la necesidad imperiosa de ir al edificio de matemáticas. Me levante, me despedí de los adormilados compañeros y me fui al templo del conocimiento. En el salón de estudio me encontré a Amparo. Ella me dijo que estaba pensando en mí. Me senté a hablar con ella toda la tarde. A las cuatro de la tarde, cuando decidí irme a estudiar apareció Oscar Velandia, quien, al vernos dijo: los estaba buscando. Amparo y yo nos miramos con asombro. Les traigo trabajo, continuó Oscar. Quiero que, por favor, me corrijan este escrito que tengo que presentar mañana. Nos sentamos a corregirle el documento a Oscar. Al terminarlo del trabajo nos fuimos a Artes a tomar tino. Allí nos encontramos con unos amigos de Luz (Bárbara y Nicolás). En medio de la conversación Amparo me dijo que comprara el pasaporte porque adquirirlo es de buena suerte para viajar. Cuando me dijo eso sentí un corrientazo premonitorio que aún no logro entender. Cuando la conversación decayó decidimos levantarnos para tomar nuestros respectivos destinos: Luz para su casa, sus amigos para un bar que se llama comedia y yo para la biblioteca.

Al siguiente día me levanté desanimado. Me levanté al medio día, desayuné y me acosté a dormir. A las cuatro de la tarde almorcé y a las cinco me dio un ataque súbito de irme a la universidad. Me bañé, metí el libro de álgebra en la maleta y me fui a la universidad convencido que iría a estudiar.

Cuando llegué a alma mater me fui para la biblioteca Central. Cuando estaba en la plaza che sentí un impulso irreprimible de irme al departamento de matemáticas. Me fui con la curiosidad palpitándome en la cabeza. Entré, subí las escaleras y me fui directo al salón de estudio. Allí me encontré con tres viejos amigos. A los dos minutos apareció Amparo. Nos fuimos, como siempre, para Artes a tomar tinto. Allí nos encontramos, de nuevo, Bárbara y Nicolás. Bárbara, en medio de la conversación, invitó a Luz a Comedia. Amparo se mostró renuente a ir. Yo, inexplicablemente me incluí en la conversación (no acostumbro hacerlo) y le dije a Bárbara: tranquila que yo la llevo a Comedia. Luz ante esto no pudo oponerse.

Cuando íbamos para Comedia, en la puerta de la universidad, Amparo me dijo: supongo que sabes porqué nos estamos viendo todos los días; yo no tenía idea alguna. No, no sé por qué nos hemos visto estos tres días, le contesté. Lo que pasa es que… inició Luz, dejando una pausa larga, casi infinita. El silencio dominó a las tinieblas y al frío de la noche capitalina. El mundo se detuvo un instante. Lo que pasa es que tú me gustas, concluyó con voz tensa. Mmmhhhh, ahhhh, era eso, respondí; no hay problema, no hay ningún inconveniente, no pasa nada. Vamos para Comedia y luego hablamos de eso, ¿te parece? Concluí serenamente. El sosiego repatrió su barca de banderas raídas y mástil apolillado a la dársena de nuestra amistad.

En Comedia conversamos sin hablar, las palabras y los comentarios que hacía Bárbara o Nicolás sonaban como el eco de recuerdos. ¿Qué hago? Era la pregunta que se anclaba a mis pensamientos. AL final de la velada nos paramos en la puerta y decidimos quién se iba con quien: Bárbara con Nicolás y yo con Amparo. Entramos, de nuevo, a la universidad. Caminamos hablando de frivolidades. Cuando cruzamos la plaza che llegó la respuesta a la pregunta: hágale, bésela apenas pueda; deje las reflexiones para otras materias, en el amor el que piensa pierde.
En transmilenio nos encontramos con una prima. Hablamos de todo un poco. Luego me llamó Mónica. Sentía la tensión en el aire: Amparo se sentía incómoda, yo me estaba enredado, mi prima sospechaba la dinámica de la situación.

Cuando llegamos al portal Amparo estaba muy nerviosa. Yo estaba aplomado: la situación la tenía asida por el mango. Amparo abrió el grifo de frases y comentarios; yo, entre tanto, dejaba que la tensión se diluyera en el torrente de palabras. Cuando las palabras habían transformado las púas en pastoso nudos le di un beso apasionado…


sábado, marzo 15, 2008

Carolina


(Leu)

En el campo del amor hay un lugar muy especial para los amores contrariados. Ellos, con sus dientes de pétalos y su sonrisa de alcohol, abaten la arrogancia de la juventud. Este es uno de ellos.

A Carolina Rodríguez la conocí una noche de mediados de diciembre de 1999. El día inició con unos tragos de aguardiente con unos compañeros de semestre. Al medio día me encontré con el negro, con Walther y con Astrid. Nos acostamos - después de ir a lingüística a acompañar a Astrid a buscar una profesora- en el potrero frente a química a tomar vino toda la tarde. A las cinco de la tarde se nos unió Suárez. A las siete de la noche el negro me preguntó si quería ir a bailar; la pregunta me pareció extraña, fuera de tono incluso; sí, no veo porque no, le contesté; ¿Quiénes van?, le pregunté. Las amigas de Astrid; me respondió el negro. ¿y están buenas?, inquirí; Sí, me dijo el negro al tiempo que levantaba los labios en señal de convencimiento. A las ocho de la noche salimos todos los mencionados con una caja de Moscato Pasito en la mano hacía el centro. Nos bajamos en la 19 y caminamos hacia la Jiménez por la carrera tercera. Cuando llegamos frente al bar Antifaz, Astrid dijo: ¡Ahí están, ya vuelvo! No le presté atención (estaba muy concentrado en abrir la nueva caja de vino con la boca y con las llaves delapartamento). A los cinco minutos llegó Astrid con dos jovencitas: una tenía gafas, una nariz un poco larga, labios ligeramente gruesos y una dotación generosa de pecas; la otra era una morenita muy agradable y bastante atractiva. Será caerle a alguna de estas viejas, me dije mientras cruzaba miradas con las dos. Les presento, dijo Astrid, a mis amigas; él es Walther, él es Suárez y él es Diego; mucho gusto, les dije mientras levantaba el brazo derecho; yo soy motas. Ellas, las dos amigas de Astrid, se miraron con algo de asombro; ah, motas, repitieron débilmente y al unísono. No le preste atención y seguí tomando de la caja que tenía en mi zurda.

Meses después (el 20 de abril de 2000), llamé a Astrid o ella me llamo-no lo recuerdo bien-; el caso es que me dijo que una amiga suya necesitaba un libro sobre Hölderlin (para ser exactos ella no se acordó del nombre del escritor), y quería que yo le hiciera el favor. No creo que pueda, le contesté; estoy un poco ocupado con un ensayo para el contexto Revolución Industrial; sin embargo, concluí, dame el teléfono haber si le puedo ayudar en algo. Esa misma tarde la llamé, pero lo único que me respondió al otro lado fue una contestadora diciendo: hola, llamas al xxx; sí necesitas a Carolina o si te gustó mi voz, marca uno, si no, marca dos. Parece que tiene buen humor la amiga de Astrid, me dije al tiempo que sonaba el pito. Lindo mensaje, dije al infinito silencio que sobreviene al pitido; soy Diego, amigo de Astrid; ella me dijo que necesitabas que yo te prestara un libro, o algo así; si aún lo necesitas llámame al xxx. Esa noche me llamo Carolina a las nueve; recuerdo que hablé muchísimo con ella –cosa rara en aquellos tiempos -. Recuerdo que cuando colgué sentí un leve cosquilleo en la boca del estómago; inmediatamente me abalancé contra la pila de libros que tenía en mi cuarto y busqué afanosamente todo lo relacionado con Hölderlin; al filo de la media noche encontré el artículo que me daría, pensé en ese momento, la excusa para llamarla al siguiente día. Al otro día, en efecto, la llame para comunicarte el feliz hallazgo: tenía un artículo que le serviría para hacer el trabajo. Quedamos de encontrarnos al día siguiente, el jueves santo, frente a la biblioteca Luís Ángel. Recuerdo que llegué diez minutos tarde a la cita. Iba subiendo por la calle once hacia la carrera cuarta cuando sentí la mano derecha en mi brazo izquierdo; volteé a mirar y era una muchacha bastante pecosa que me miraba con una sonrisa sincera. ¿Hace mucho llegaste? Me preguntó. No, acabo de llegar, le respondí en tanto intentaba interpolar la imagen de esta mujer con la de una de las dos amigas que Astrid me había presentado meses atrás. ¡Claro! me dije un segundo después; ya se quién es. Vamos a tomar gaseosa, le dije; sí, gracias, me contestó. Estuvimos buena parte del día hablando y conociéndonos…


miércoles, marzo 12, 2008

Sandra


(Dalí)

En el impreciso límite que divorcia la timidez de la prudencia camine durante los meses que Sandra trabajó en la panadería de su papá.

Toda la historia comienza el 26 de julio del 2004. Ese día salí a las diez de la mañana para llegar a clase de once. Frente a la portería me di cuenta que tenía un billete de veinte mil pesos que causaría la mirada iracunda del conductor de la buseta convergiendo luego en la tersa venganza del referido: una docena de billetes viejos de mil unidos a un manojo de monedas de cincuenta y de cien pesos. Ante este hecho decidí comprarme un paquete de cigarrillos y una caja de chicles para cambiar el billete. Para tal efecto me dirigí a la panadería que era el establecimiento que quedaba más cerca del paradero de busetas.

Cuando llegué al lugar no encontré a nadie; la panadería estaba desierta: las mesas solas, las vitrinas abandonadas al polvo que el viento traía y un radio aullando para nadie. Buenas, grité con enérgica voz. Nadie contestaba. Buenaaas, grité con más fuerza. Nadie. ¿Dónde está la señora que atiende? Me pregunté al tiempo que miraba el reloj. Di media vuelta resignado a recibir irascibles miradas de choferes de busetas y el consecuente escarmiento de billetes viejos. Al tercer paso escuche la voz de una mujer: a la orden. Giré lentamente hasta quedar frente a una muchacha de veintitantos años; pómulos amenazantes; seriedad a prueba de sismos y una inquietante mirada. Me vendes una cajetilla de cigarrillos y una caja de chicles, por favor, le dije sopesando cada sílaba en el viento. Claro, respondió ella con un tono neutral. Dio media vuelta para luego empinarse con el propósito de alcanzar los cigarrillos que descansaban a dos metros de altura. Yo entretanto miraba de abajo hacia arriba el espectáculo: gemelos de medidas apetitosas; dos muslos que incitaban a la exploración táctil; dos nalgas ajustadas a la proporción áurea; cintura de líneas convergentes; cabello rojizo… ¡qué rico! Me dije con una emoción que contigua a la demencia. Cogió los cigarrillos y me los entregó con una mirada fulminante a los ojos. ¡uyyy, se dio cuenta de la inspección visual! Pensé al tiempo que le sostenía la mirada. Después de tres segundos de contienda visual ella tomó el billete y se fue a la caja a darme las vueltas. No se te olviden los chicles, le dije con voz alegre. No se me han olvidado, me contestó secamente. Los tomó de una caja que estaba debajo de un afiche de harinas el lobo (rinde que da gusto). Me entregó los chicles y el cambio con desdén. Gracias, dije; di media vuelta, y luego me fui hasta el paradero de buses.

Los encuentros y desencuentros se multiplicaron a lo largo del año y medio que ella estuvo en esa panadería. Algunas veces hablábamos con mucha fluidez, en otras ocasiones me arrojaba un magro saludo. Hubo momentos, incluso, en los que juré que yo le gustaba. Hubo períodos, sin embargo, en los que transitaba en la certeza que le importaba menos que un comino partido.

Un buen día de semana santa ella no volvió a atender. Supuse que se había ido de vacaciones y que, días después, retornaría a su trabajo. Durante seis meses fui todos los días a comprar el pan del desayuno con la esperanza de verla con su penetrante mirada detrás del mostrador. Desalentado le dije a mi mamá que indagara por el paradero de Sandra porque yo tenía curiosidad de saber dónde se había ido. Mi mamá, fiel al encargo, averiguó que Sandra nunca volvería a atender la panadería puesto que su papá la había vendido.

A mediados del año pasado fui comer con mi hermana y su novio a un restaurante que queda cerca de acá. Cuando íbamos a sentarnos me di cuenta que Sandra (mi Sandra) estaba sentada en la mesa del lado con un niño y una niña de tres años, y con un bebé que dormía mansamente en un coche. Ella se estaba comiendo un helado y los niños coloreaban unas cartillas que les dan a los niños en ese sitio.

Hola, le dije con ternura. Ella se quedó mirándome fijamente a los ojos con cara de “¿quién es este tipo?”. Haciendo caso omiso a su mirada de desconcierto seguí preguntando: ¿cómo te ha ido? Hace bastante tiempo que no te veo. Ella, más curiosa que prevenida, siguió con la mirada fija en mis ojos. No sabes la falta que me has hecho, continué; desde que te fuiste no volví a comprar pan en la panadería. En ese momento sus ojos brillaron porque sus recuerdos hallaron el camino extraviado en los recovecos del tiempo. ¡Que lindo!, me dijo con la sonrisa que años atrás intimidaba a mi melancolía. ¿Cómo está tu mamá? ¿Todavía estás estudiando? Continuó. Sí, aún sigo en la universidad. ¿Qué ha sido de ti? Le contesté. Bien; estoy viviendo en las casas que quedan cerca de Cafam, me dijo con la mirada refulgente. Ahh. ¿Estos niños son tuyos?, le pregunté. No todos. Él es mi niño, dijo señalando al impuber que estaba en la silla del lado; ella es mi sobrinita, y este es mi cosita preciosa, dijo al tiempo que sacaba del coche un bebe de ocho o diez meses. Ahh, dije con la certeza que la conversación concluía en ese momento. Nos hablamos ahorita, le dije al tiempo que daba vuelta para responder la pregunta de la mesera. Durante los diez minutos que intenté hablar con mi hermana y mi cuñado sentí la mirada de Sandra clavada en mi espalda. Cuando Sandra les dijo a los niños que se iban sentí nostalgia. Ella se paró y empezó a caminar. Al tercer paso, cuando estaba frente a mi mesa, me dijo adiós…


viernes, marzo 07, 2008

Mónica

Hay amores que crecen al margen de la distancia y que hunden sus raíces en la tierra de la melancolía con bastante fuerza; la siguiente historia resume un amor con estas características.

La noche del 29 de diciembre del 2006 yo estaba chateando en un portal llamado chatear.com. La noche transcurría normalmente hasta que me encontré con una colombiana en este mismo sitio (lo cual era muy extraño ya que el noventa por ciento de los integrantes de este lugar son chilenos y argentinos). A los pocos minutos sabía que era una barranquillera de treinta y cuatro años de edad y que era una doctora de saludcoop. A las tres de la mañana ella me dijo que se tenía que ir porque tenía turno al otro día; me dió el correo y me dijo que le escribiera; yo le prometí que le escribiría sin falta al otro día.

Al siguiente día me levanté a las tres de la tarde; me desayuné y me senté a escribir dos correos que tenía pendientes: el de una amiga argentina que había conocido días antes en el mismo portal y el de la barranquillera. A las nueve y media de la noche ella me contestó contándome que tenía una hija y que era separada. Me preguntó qué autores le aconsejaba para leer. Recuerdo que este correo me llenó de alegría. Le contesté con toda la arrogancia que cabe en esta cabeza: le sugerí autores y libros rebuscados que, si bien es cierto me gustaron, pretendían descrestar. Ella contestó a esta andanada con buenos propósitos para el próximo año…

Los correos iban y venían hasta que el seis de enero nos encontramos casualmente en el chat de gmail. Ese día chateamos más de seis horas y le pude conocer la voz gracias a que ella me llamó al celular. La primera impresión que tuve al hablar con ella fue la idea que me estaba mintiendo puesto que su voz no era la de una mujer de treinta y cuatro años. Después de tres minutos de charla me di cuenta que su voz sonaba así porque estaba muy nerviosa.

De ahí en adelante mezclábamos todas las formas de comunicación posibles en esas circunstancias: chats, llamadas telefónicas, e-mails y cartas tradicionales. Todo venía en ritmo ascendiente hasta que el sábado 20 de enero ella me propone que seamos novios. Yo sin titubear acepto, iniciando así nuestro noviazgo.

Hoy hace un año, el 8 de marzo de 2007, nos vimos por primera vez. A las siete de la mañana me llamó para saludarme y me encontró de malgenio gracias a que tenía que presentar un parcial de análisis matemático I y no había estudiado nada. Nos peleamos durante media hora hasta que entré al salón a presentar el parcial. Cuando concluyo el tiempo del examen hablamos y nos reconciliamos. Me fui para el apartamento a alistar mi ropa que utilizaría en el fin de semana... Como llegue al aeropuerto media hora antes de lo acordado, me senté en una sala a esperar que arribara ella. Cuando faltaban diez minutos me puse bastante nervioso: las manos me empezaron a sudar, me sentí mareado y con náuseas. Cuando vi en la pantalla que el avión había aterrizado estuve tentado a salir corriendo. Tome aire, me paré y me fui caminando lentamente hacia la muelle de salida. Empezaron a salir un grupo de hombres ataviados con impecables trajes de paño, luego unas muchachas con camisetas y jeans raídos… salían y salían personas y yo no veía a Mónica salir. ¿Será que ya salió y no me di cuenta? Me preguntaba al tiempo que me ponía más nervioso. ¿Qué hago si ya salió? ¿Será que la llamo? Me hice un ovillo de preguntas. A los pocos segundos vi la silueta de una mujer flaca, alta, hermosa. La sombra se fue diluyendo hasta hacerse mujer. Sí, era ella. Flaca, la llame con la voz temblorosa. Ella giró la cabeza hacia mí y se vino lentamente. Yo empecé a temblar sobrenaturalmente. Ella al verme tan nervioso le dió risa al tiempo que me daba un beso en la mejilla. Yo le di un mamut de peluche que había comprado la semana anterior. Lo miró con ternura y me dio un abrazo que trajo algo de sosiego a mi alma. Ella, acto seguido, tomó de entre los brazos del mamut la rosa que este sostenía y a la que sólo le sobrevivía un pétalo. Me miró con cara de “¿esto es una flor?”. Levanté los hombros en señal de “no sé qué paso con la rosa; ella estaba completa hace media hora”. Tomé la maleta y nos fuimos a buscar un taxi…

miércoles, febrero 13, 2008

Atracos


En los meandros de la oscuridad, en la tenebrosa esquina de un callejón o debajo de un puente esperan pacientemente los ladrones callejeros. Ellos, en la mayoría de casos, nos abordan con una petición humanitaria: “me regala una moneda para comer” y nosotros, todo corazón, toda bondad, accedemos a la solicitud. Minutos después tenemos al caco, cuchillo en la diestra, pidiéndonos de la manera más descortés todo el metálico que traemos en nuestros bolsillos.

Mis experiencias con estos señores han sido particulares. Hace nueve años iba caminando por la carrera cuarta a las ocho de la noche cuando me salió un individuo con la convencional pregunta: “tiene una moneda”. No, no tengo monedas, le contesté secamente. Entonces, me contestó repentinamente, bájese de todo. Entre las tinieblas alcancé a ver el cuchillo que sacaba de la manga. Espere, no se ponga así, le dije con ternura. Vea hermano, continúe, lo que pasa es que de verdad no tengo plata: sólo tengo dos mil pesos y los tengo que hacer alcanzar para hoy y mañana. Mañana me toca ir al médico porque estoy muy enfermo. Si no me cree acá tengo el tac que me tomaron. El asaltante sacó las placas que traía entre la maleta y las miró a la luz de la ventana de una tienda con sumo cuidado. Luego sacó el dictamen del radiólogo y lo leyó detenidamente. Creo que está jodido, concluyó después de la auscultación. Me entregó las placas del tac; las guardé en la maleta y empecé a caminar como si no hubiera pasado nada. ¿Usted para dónde va? Me gritó el ladrón. Para mi casa, le contesté con naturalidad. ¿Y nuestro negocio qué? Me preguntó. ¿Negocio? ¿Cuál negocio? Le respondí. Pues lo de la plata, no se haga el güevón. No le dije que sólo tengo dos mil pesos y los tengo que hacer alcanzar para hoy y mañana, le respondí con manifiesto disgusto. Pero no se ponga bravo ñero, tampoco es para que se ponga así, me contestó el señor caco. Hagamos una cosa, continúo, deme mil quini y vea cómo hace mañana. No, ni mierda, le contesté; Le doy mil y quedamos a mano. Listones, me contestó el delincuente. ¿Tiene mil pesos? le pregunté. Claro ñero, me contestó en tanto sacaba monedas del bolsillo. Le di el billete de dos mil y el me dio mil pesos en monedas. Al finalizar la transacción nos dimos la mano y cada uno tomo su camino. A los cinco pasos el tipo me dijo: váyase rápido y con cuidado que por acá atracan. Los dos nos reímos sinceramente y seguimos nuestras rutas.

En otra ocasión yo salía de comprar un cable y una clavija para el teléfono de la sala cuando me cogió un indigente y me lanzó con fuerza contra una pared. Al intentar escaparme el atracador me puso el pico de una botella a milímetros de la cara. ¿Cuánto vale su vida? Me preguntó con tufo de bóxer. Yo metí apresuradamente la mano al bolsillo del pantalón y saqué una moneda de mil pesos. El mendigo la cogió y luego me soltó para ver si no era falsa. Al comprobar la legalidad de esta sacó del bolsillo una moneda de doscientos pesos, me la dio y se fue arrastrando su pie izquierdo por la carrera novena.

lunes, febrero 04, 2008

Años maravillosos

(Cabeza-Miró)
Anoche me encontré con Rodrigo, mi primo. Después que lo dejé recordé algunas anécdotas que vale la pena enumerar en este rincón.
1.
31 de diciembre de 1995. Estamos aburridísimos Rodrigo y yo. No sabíamos qué hacer en un pueblo olvidado de la mano de Dios. Miramos el suelo con desinterés.
-Marica, me dice Rodrigo, ¿qué hacemos para pasar este aburrimiento?
- Pidámosle plata a alguien para comprarnos una botella de aguardiente y, aunque sea, emborracharnos, le respondí con desgano.
Fuimos, en efecto, a la tienda donde sabíamos que estaban mis papás. Entramos, saludamos a los concurrentes y luego le dije a mi papá: tiene plata que me dé. Él, sin inmutarse, metió la mano al bolsillo y me dio diez mil pesos.
-¿para qué es la plata? Pregunta mi mamá con marcado interés.
-para gastársela, ¿para que más la va a querer?, responde mi papá secamente.
En una caseta ubicada en la plaza compramos una botella de aguardiente y una cajetilla de cigarrillos. Luego nos sentamos sobre un andén a tomarnos el aguardiente. Al tercer trago aparecen dos mujeres hermosas, hermosísimas de algún rincón de nuestro delirio.
-¿vio eso marica?, le pregunto estúpidamente a Rodrigo
-Claro güevón, no soy ciego, me responde él con sincera alegría.
A los diez minutos las mismas sílfides cruzan frente a nosotros. El destino, el tierno y dulce destino, pienso mientras Rodrigo da un largo sorbo de aguardiente…
A la una de la mañana estamos lo suficientemente prendidos para olvidar el tedio ocasionado por la edad y el lugar. Estamos acompañados por dos primas. Reímos y nos burlamos del abismo de la tristeza. Cuando el ánimo estaba en la cúspide del paroxismo aparecen las bellas mujeres. La música, en ese momento, desplaza el murmullo de los bebidos circunstantes. Suena, lo recuerdo como si fuera ayer, una canción titulada “el marciano” cantada por “el general”. Rodrigo, en un ataque de extravagancia, sale a bailar a la mitad de la plaza este burdo remedo de música. La risa de mis primas y la mía no cesaron hasta que Rodrigo no termino su grotesco baile. Minutos después salieron a la tarima seis señores con ruana y patillas pobladas. El animador los presentó como los “hermanos amado”. Luego de la presentación los interpelados entonaron canciones de carranga. Yo, que a la sazón llevaba aproximadamente tres cuartos de botella de aguardiente en la cabeza (media patrocinada por mi papá y un cuarto gotereado a los concurrentes), le sugerí a Rodrigo que sacáramos a bailar a las náyades. Él, tímido a pesar de la embriaguez, dudó. Yo, con la valentía etílica latiéndome en las venas, salí en pos de una de ellas con pasos firmes.
-Bailamos, le dije a la primera de ellas.
-bueno, dijo ella con sincero interés.
Cuando llevaba dos minutos de baile Rodrigo sacó a la otra sílfide…
2.
Julio de 1996. Estamos Rodrigo y yo caminando por una carretera rumbo a “el papayal”, una vereda que queda ocho kilómetros antes de Moniquirá. Caminábamos con la ilusión de vernos con las sílfides que habíamos conocido a comienzos de año en Sora, el pueblo de nuestros papás. El sol, insoportable en su viaje, nos tenía agobiados en grado sumo. Cuando ya íbamos llegando empezó a llover torrencialmente. Corrimos hacia una tienda. Cuando entramos todos nos miraban con desconfianza, con recelo quizás. Al escampar salimos apesadumbrados y sin ganas de hablar. En la salida de la tienda a Rodrigo casi lo patea una mula, lo cual me hizo reír un poco.
Al vernos llegar las doncellas nos hicieron señas inescrutables. Yo, ignorante en las artes gestuales, le pregunte a viva voz qué quería decirnos. Por respuesta escuché el grito de un joven: ¿qué quieren hijueputas? Rodrigo y yo nos miramos y caminamos hacia el lugar a el que dedujo Rodrigo indicaban las señas. A los dos minutos salió una de ellas y hablamos con ella unos minutos. Cuando la conversación estaba tornándose amena dijo ella: mi papá. ¡Que bien, me dije yo, ahora nos invitarán a seguir! Mi papá, dijo ella con mayor énfasis. Por alguna razón entendí que el papá se avecinaba con propósitos hostiles.
-Rodrigo, vámonos, le dije en tono sereno.
-Rodrigo que nos vayamos güevón, le dije con voz seca.
-¡Rodrigo vámonos ya mismo! Le dije a voz en cuello
Él, ojos puestos en los senos de la adolescente, me dijo: ya voy marica.
Cuando escuchamos la dulce voz del papá lanzando improperios y rastrillando el machete contra las piedras supimos la extensión de nuestro error. Salimos corriendo hasta que nuestras piernas se rindieron…
3.
Julio de 1996. Once de la noche. Estamos en la casa de mi abuelo extenuados por la caminata de cinco horas hecha desde el pueblo de Arcabuco. Estamos tomando guarapo que sabe a vinagre para saciar la sed que araña las entrañas. Después de comer un tomar sopa nos acostamos a dormir. Minutos después escucho a Rodrigo gritar, salto rápidamente y prendo la luz. Veo dos hormigas inmensas mordiéndole la nariz. Río a carcajadas hasta que siento el punzón de una de ellas mordiéndome los dedos…
4.
Julio de 1996. Son las nueve de la noche y estamos en Tunja. Al parecer no vamos a salir de esta ciudad. Estamos desorientados y perplejos de nuestros actos: salir corriendo detrás de un bus para que nos lleve a un pueblo diminuto en la falda de una montaña y luego, no contentos con esta estupidez, bajar en un colectivo hasta esta pequeña ciudad. Nos tocará quedarnos a dormir en la calle, pienso en tanto pateo una piedra. Veo que esta rueda hasta una maleta que descansa sobre la tierra. Levanto la mirada y veo a tres hermosísimas mujeres. Me acerco y les preguntó: ¿a dónde van? A Villa de Leyva, me responden dos de ellas en coro. ¡Uy, se nos apareció la virgen!, pienso para mis adentros. ¿Ustedes saben, inquiere una de ellas, si hay transporte a esta hora? No, respondo. Pero si ven un carro venir sáquenle la mano. A los dos minutos apareció un carro; ellas sacan la mano al vehículo. El carro frena en seco, levantando polvo. Nos acercamos corriendo al vehículo. Baja la ventana eléctrica del copiloto y sale la cara de un hombre de veintitantos años. ¿para dónde van? Pregunta interesado. Para Villa de Leyva, contesta una de las jovencitas. Yo las llevo con gusto, contesta el alegre joven…
Después de media hora de viaje y de varias preguntas del señor a las muchachas nos pregunta: ¿dónde se conocieron con ellas? No, no las conocemos, respondo yo con una sonrisa surcándome el rostro. ¡Ah no! Responde él con cara de sorpresa; entonces ¿por qué los estoy llevando?...

viernes, abril 27, 2007

Mayo de 1.997


Los acontecimientos que más recordamos son, por lo general, el primero y el último de una ristra de sucesos equivalentes. En este caso evocaré la última fiesta en la casa de Bonanza.

A esta residencia, por alguna razón que mi entendimiento no logra desentrañar, convergieron todos los eventos que involucraban bebidas alcohólicas: cumpleaños, fiestas decembrinas, despedidas, o simples y llanas bebetas. Gracias a esto, en este dulce hogar, todos los fines de semana habían gratas reuniones amenizadas por algún, o algunos asistentes, que se excedían en la ingesta del noble licor y que eran, como ustedes se pueden imaginar, objeto de bochornosos episodios que los hacían merecedores de múltiples burlas en la siguiente jornada.

El día que precede a la postrera reunión estaba prestando guardia en una garita que denominaban Hotel por su vecindad con este edificio. Recuerdo que me tocaba la guardia de tres a ocho de la mañana. Cuando subí a la garita – a eso de las cuatro de la mañana- vi que en la garita habían apiladas tres canastas de gaseosa frente a una silla metálica azul clara. ¡Que chimba, me dije; no voy a aullar por cansancio! Me senté en la silla y puse los pies en las canastas; saqué el gozoso cigarrillo de las cuatro; lo prendí y me sumí en las sesudas reflexiones sugeridas por los epígrafes trazados con algún objeto de naturaleza filosa o por los mensajes escritos con esfero en las paredes de la garita. Diez minutos después de que mis pensamientos vagaran por los meandros de la especulación me quedé dormido. A las siete y cuarenta me desperté (recuerdo la hora porque lo primero que hice fue mirar la hora); ¡que foco tan hijueputa! me dije en medio del alborozo ocasionado por la grata siesta. Intenté pararme pero las piernas no me respondían; las toque con fuerza y no sentía nada. ¡Estaban completamente muertas! Las levantaba con mis manos y caían como fardos cuando las soltaba; mire el reloj: siete cincuenta; ¡jueputa, el relevo! Me aferre a la ventana de la garita de tal manera que las piernas quedaran extendidas. Las ocho de la mañana. Las piernas me empezaban a hormiguear tímidamente. Las ocho y diez. Decidí bajar de la garita con las piernas hormigueantes para que no se dieran cuenta de la silla y de las canastas de gaseosa. Para tal fin puse el pie derecho en el estribo, apoyé el peso de mi cuerpo en él; ningún problema; bajé el pie izquierdo hasta el otro estribo, apoye el peso de mi cuerpo en él; la pierna no pudo soportar el peso del cuerpo; intenté devolverme a la garita al tiempo que el fusil se escapaba pesadamente de mi mano derecha; en el intento de atraparlo me solté del manubrio de la garita y caí pesadamente al piso sobre el fusil. Me levanté apoyándome en el fusil. Ocho cuarenta; llega el relevo.

A las nueve y media de la mañana formamos (la guardia saliente) frente al alojamiento. Bueno soplavergas, empieza a decirnos, con alegre voz el sargento, al tiempo que camina de un lado para otro; me imagino que quieren salir a la civil para jartar como perras y para visitar a sus mamás en el chochal; les propongo un negocio: ustedes salen hasta mañana a las nueve de la mañana y cada uno de ustedes me trae veinticinco mil pesos. Todos se entusiasmaron por la propuesta. Tan güevones, me dije; dar toda esa plata para salir un rato; yo le voy a decir al sargento que pailas, que yo no salgo. Entonces, continúo el sargento, vístanse y formen cuando estén listos. Todos salieron corriendo a cambiarse al tiempo que yo le decía al sargento: para solicitarle mi sargento; que quiere soplaverga; contestó él; lo que pasa, dije yo, es que yo no puedo traerle mañana esa plata; por eso yo me quedo acá. Como quiera soldado, contesto secamente. Todos salieron a las diez de la mañana. A las once de la mañana yo estaba durmiendo profundamente cuando me despertó Díaz Abalo, el soldado de régimen interno. Mi sargento lo necesita, me dijo. Salí a buscarlo. Lo encontré en la puerta del alojamiento de cuadros; ¿qué ordena mi sargento? Le pregunté. ¿Sabe una cosa Niño?, a mí me caen bien los que no se regalan por una salida-me decía en tanto veía dos montículos de pasto que se elevan frente al alojamiento-; a los sapos que se regalaron hace un rato, mañana los voy a poner a saltar como chulos. Se quedo pensativo mirando el horizonte. Tiene permiso para salir hasta mañana a las ochocientas, me dijo antes de entrar, en completo silencio, a su morada. Me cambié y salí eufórico por mi buena suerte.

Lo primero que hice, cuando llegué a la casa, fue llamar a Rodrigo. Marica véngase ya que me quiero emborrachar, le dije cuando pasó al teléfono. No güevón, no puedo; me dijo; tengo que hacer un trabajo para el colegio; si quiere nos encontramos por la tarde, a eso de las cinco de la tarde. Listo marica, le dije. Cuando colgué Diana me dijo que si quería ir a una miniteca en Salamandra. Acepte. En Salamandra me encontré con dos compañeros de once (Gerardo Galvis y Eyesid); mame gallo con ellos hasta las cuatro de la tarde. Salimos a las cuatro y media para la casa.

Cuando llegamos al hogar, dulce hogar, estaba Rodrigo esperándome; bueno, dije en voz alta, ustedes perdonaran pero me voy a emborrachar con Rodrigo. Ahora es que se emborrache como el año pasado y vuelva a hacerme quedar mal con mis amigos del colegio, dijo Diana. ¿Es que vienen?, pregunté. Sí; está noche habrá fiesta, respondió ella. En ese caso, continúe, es mejor que esté prendido cuando lleguen. Vamos Rodrigo a ver que compramos para prendernos. Esperen, terció Emiro; en mi pieza hay una botella de ron; compren gaseosa y limones para hacer cubas. Lo que, en efecto, hicimos. A la media hora estábamos departiendo alegremente: Emiro, Rodrigo, Johana y yo. A la hora ya habíamos acabado con la botella. Salimos, Emiro y yo, a comprar otra botella de ron y de gaseosa. Esa segunda redoma, por alguna arcana razón, tardó el doble en liquidarse. A Las nueve de la noche salimos, Johana y yo, a comprar la tercera botella de ron y limones. Cuando llegamos vimos a los primeros concurrentes de la zambra hablando cordialmente. Los salude con un rápido y torpe movimiento del brazo derecho. Entramos a nuestro cubil a continuar con la ingesta etílica. Al término de esta botella entró Yanina al cuarto a preguntarle a Rodrigo si tenía algo de música para poguear. Rodrigo sacó de la chaqueta un casette y se lo dio. A esta altura de la noche, no hace falta decirlo, yo estaba bastante alicorado, al igual que mis compañeros de jarana. Salimos a goterearle trago a los concurrentes. Recuerdo que los compañeros de Diana me daban aguardiente y cerveza con generosidad en tanto indagaban por las particularidades de la vida militar. A la media hora yo estaba en una chalina insuperable.

Cuando escuché que los estridentes compases de la música invitaban a poguear me lancé con la violencia que exige la música a la pista de baile. Recuerdo que la primera patada que lance al grupo mandó de bruces a un joven contra la puerta; este se levanto con iracundo semblante y se lanzó contra otro que estaba a mi lado; él, al ver su malsana intensión, lo recibió con un puñetazo que lo devolvió al lugar de donde se levanto. En segundos se armaron dos bandos; las mujeres empezaron a gritar; la música se apagó. Un minuto después estaba mi tía Gladys en las escaleras diciéndole a los asistentes: esta es una casa decente; acá nadie toma; no voy a aguantar la patanería ni la violencia… A los veinte minutos todos salían para sus casas al tiempo que subíamos cargada, Rodrigo y yo, a Johana al segundo piso a dormir la borrachera.

De los borrachos sobrevivientes (Rodrigo, Emiro y yo) el que se enlodó en el fango del ridículo fue Rodrigo al besar a una amiga de Yanina en la cocina de la casa con el bombillo encendido y al lado de las cortinas. Los que estábamos sentados en la sala veíamos las siluetas trenzándose en apasionados abrazos. Al finalizar la sicalíptica sesión salió primero Rodrigo y, cinco minutos después, la amiga de Yanina, para que “no nos diéramos cuenta”; a los diez minutos que salió ella nos burlamos por espacio de una hora los que nos quedamos; entre mis recuerdos descolla la representación hecha por el hermano de Diego Castillo.

Esa fue la última fiesta en Bonanza sucedida hace casi diez años (ocurrió un día de las primeras semanas de mayo de 1997).

miércoles, enero 03, 2007

31 de diciembre de 1.993


Recuerdo que el 31 de diciembre de 1.993 empezó como un día normal. Me levanté, desayune y me acosté a ver televisión. Ningún presagio, nada. El día era gris; las nubes plomizas viajaban lentamente sobre el Dodge Coronet verde oscuro de mi papá. Las maletas descansaban en el inmenso baúl del carro desde hacia dos horas y la vida transcurría lenta, pegajosa, como todos los 31 de diciembre. Las personas caminaban pausadamente, los pájaros cantaban distraídamente desde su encierro… el timbre del teléfono rompe la calma, de un golpe: Riiiiiiinnnnnggggg Riiiiiiiiinnnnnnngggggg; me levanto lentamente; doy tres pasos, levanto la bocina despacio, sin afán. Alo… quihubo tío; no bien, aquí esperando a mi mamá para irnos… sí, aquí está, ¿se lo pasó? Bueno tío… Papá, al teléfono, es mi tío Eliécer… mi papá apareció por la puerta del cuarto; camino lentamente hasta donde yo lo esperaba con la bocina negra del teléfono…. Alo… ¿qué hace? … no ya salimos… si quiere, pero no se demore que ya es tarde… ¿con quien viene? … no hay problema acá lo esperamos… mi papá colgó y salió con la misma lentitud con la que entró. A los dos minutos entró mi mamá al cuarto; me reprende por el ocio en el que estoy sumido. Me importa un bledo lo que dice, sigo viendo televisión al tiempo que ella me regaña. Llega mi papá a acompañarla en la retahíla. Cambio de actitud. Me levanto y me voy hacia el carro caminando densamente a través del aire espeso del ocaso del año. Abro la puerta del carro y me siento en la silla del conductor a ver dormir un perro blanco con manchas negra (¿o negro con manchas blancas?) me hundo en la contemplación. Concluyo que hay más blanco que negro. El perro abre los ojos rojos; me mira con tristeza, acaso con lástima. Vuelve a bajar la cabeza hasta que esta descansa sobre la mano doblada. Suspira y se interna en la breña del sueño de las once de la mañana. Yo, a la vez, me sumo en el soto de los sucesos estrangulados en la horca del tiempo. Los dos sumidos en nuestros mundos paralelos. Los minutos del 1.993 marchan agónicos hacia la noche postrera. Miro la puerta semiabierta de la casa. Un portón blanco con arabescos que protegen los vidrios martillados. Miro el timón del carro. Lo empiezo a mover a la derecha y a la izquierda; bajo la palanca de cambios, que está enhiesta a la derecha, de un solo golpe tracsss; luego la devuelvo, tracssss. Vuelvo a mirar la puerta blanca…

A la una emergen de la tarde viscosa mi tío Eliécer Con Ofelia y un niño de tres años. Más atrás vienen Manolo, una mujer y una niña de cabello castaño. Todos traían un maletín. ¿Dónde vamos a meter tantas maletas? Pensé. Desde la silla del carro los veo acercarse pesadamente. Cuando están a unos cuantos metros abro la puerta del carro y desciendo para saludarlos. Quihubo tío… ¿qué más manolo?... Quihubo Ofelia… Buenas Tardes. Los interpelados contestaron en el orden que los salude. Mi papá, les dije, está adentro; sigan. Ellos entraron pausadamente. Cuando la última, la niña, quedó visible –hasta ahora siempre había estado detrás de alguien- me di cuenta de su belleza. El corazón empezó a palpitar aceleradamente y el sudor platear las palmas de la mano. Me quede afuera barajando las infinitas posibilidades que comenzaban en esa tarde plomisa. Los minutos salieron de su sopor: trotaban, ahora, alegres. El año empezaba a desmoronarse como un edificio que cae derribado por una detonación. El perro seguía indiferente a los cambios: dormía pesadamente, moviendo el hocico; amenazando a enemigos invisibles. La puerta blanca se abre y detrás de ella aparece mi hermana. Levanta la mano al tiempo que mueve enérgicamente la cabeza en un giro corto hacia la derecha. Me levanto del carro y entró a la casa…

El viaje estuvo amenizado por Ofelia y Rocío (la mujer que venía atrás con Manolo). Se burlaban de la parvedad de los sueldos, así como de la insuficiencia de tiempo libre de sus consortes. Yo oía indiferente. Miraba a los arbustos borrosos correr hacia atrás. Veía las montañas verdes. Sentía la presencia de la niña atrás, quieta, incómoda sobre el chichón que atraviesa el piso del carro. Cuando llegamos a Villa de Leyva bajamos a comprar pan para llevarle a mi abuela. Todos se fueron y nos quedamos los niños: mi hermana, la niña bonita y yo. ¡Es ahora! Me dije emocionado. Camine con el mayor aplomo que pude reunir. Un paso, otro paso, plan, plan; camine sin tropezarse con las piedras; no vaya a ser tan güevón de caerse frente a esta vieja, me dije mientras caminaba hacia el baúl, donde estaba ella. ¿Necesitas que te ayude a cerrar el baúl?, le pregunte con voz falsamente gruesa. No, yo puedo sola, dijo al tempo que lo cerraba con la mano derecha sin ningún esfuerzo. ¿Cómo te llamas?, le inquirí. Carol. Mmmmhhhh, musité sin saber qué decir. Motas, grito mi hermana desde la punta del carro, vamos que mi mamá nos espera. Vamos, le dije a Carol (juro que quise extender mi mano derecha y llevarla cogida de la mano por la plaza del pueblo). Ella me miro a los ojos durante un instante; luego empezó a caminar mirando las piedras. ¿Dónde vives?, le pregunté. En el barrio Eduardo Santos. Pero antes vivía en Jamundí, me respondió sin dejar de mirar las piedras. ¿Conoces Jamundí? Me pregunto después de una espesa pausa. Sí, claro; le contesté sin vacilar. ¡Mentiroso! Me increpo Diana, mi hermana. ¡Usted nunca ha estado allá! ¡ahh, jueputa vida!; no contenta con estorbar con su presencia, me hace quedar como un culo, me dije con rabia. Seguimos caminando hacia la plaza principal. El silencio era cada vez más sólido. Llegamos a la tienda donde estaban los demás. Tomamos gaseosa –mientras ellos tomaban cerveza- hasta que apareció un bus en trance de desarmarse que los llevó hasta la casa de mi abuelo. Nosotros salimos a donde mi abuela…

Horas después, a las once de la noche, salimos Rodrigo -mi primo- y yo en una monareta (aquellas egregias bicicletas de manubrios doblados a la usanza Harley Davidson, y marco de una sola pieza con una fosa entre el manubrio y el sillín). Al subir al pueblo él me llevó en la parrilla que está detrás del inmenso sillín. Casi no subimos, pero llegamos al pueblo. El pueblo estaba lleno de personas tomando cerveza. ¡que mamera, vámonos! Le dije a Rodrigo. Pero ahora yo voy en la parrilla y usted pedalea, me dijo. ¡Claro! Pero bajemos por la pavimentada, dije. Él se subió y empecé a pedalear con cierta dificultad. Cuando llegamos a la otra esquina del pueblo vi la pendiente pronunciada de la carretera pavimentada; asustemos a este marica, me dije en tanto daba un pedalazo. Marica, no pedaleé porque cogemos mucha velocidad, me dijo con voz temerosa. Empecé a pedalear más rápido, tras, tras, tras. ¡Marica! ¡Güevón, deje de joder! Me gritaba atrás Rodrigo. Yo seguía pedaleando más rápido. Tras, tras, tras, tras. La llanta contra el pavimento zumbaba. ¿Qué está haciendo? ¡Nos vamos a matar! Seguía Rodrigo. Estaba feliz. Un momento después oigo como si alguien arrastrara un bulto sobre la arena chhhhhhaaaaaaas; la bicicleta pierde estabilidad, el manubrio empieza a moverse de izquierda a derecha, de derecha a izquierda como si tuviera voluntado propia. Intento estabilizarlo pero no puedo; intento frenar, pero descubro que no tiene frenos. Oigo que Rodrigo se tira de la bicicleta; ssssshhhissss, plaaannnnnn, plannnnnn; oigo cómo da botes por la ladera. El manubrio gira definitivamente a la derecha y la bicicleta me lanza por el aire… plaaaaannnn; caigo en el hombro izquierdo y en la cabeza; salgo a volar nuevamente; plaaaaannnnnn caigo en la espalda; plaaaannn, en la nalgas; vuelo nuevamente; shhhhhhhiiiiissssssss; empiezo a deslizarme por el asfalto; veo el cielo oscuro adornado por una mancha blanca bien definida; la vía láctea, pienso mientras resbalo. Me detengo unos metros más abajo. Silencio. Un minuto después escucho gritar a Rodrigo. Me levanto; siento que me duele el índice derecho. Quiero verlo pero no puedo por la oscuridad. Camino hasta donde él está. ¡Hijueputa!, me increpa. Camino otra vez hacia abajo y recojo la bicicleta. Nos vamos en silencio a la casa…. ¿qué les paso? Pregunta mi tía Florinda con cara de asombro. Nada, que nos caímos, respondo con una sonrisa en los labios. ¿De un carro? Vuelve a inquirir. No, de la bicicleta. Pero es que está sangrando mijito. Miro mi brazo derecho y veo cómo un chorro de sangre lava mi mano derecha. Me asusté muchísimo. Me voy al lavadero a lavarme la sangre. Intento quitarme la chaqueta pero me duele muchísimo. Quítemela marica, le digo a Rodrigo; él se acerca a ayudarme…

A las dos de la mañana estamos todos en el cuarto de mi abuela viendo televisión; sólo se escucha la música que sale del aparato, todos estamos callados. Mi tío Edgar saca un cigarrillo de una cajetilla arrugada que tiene en el bolsillo derecho del pantalón. ¡no joda, no prenda eso! Le censura mi tío Hernan con rudeza. ¡Yo fumo en mi puta casa, no sea hijueputa! Le responde mi tío Edgar. Me tío Hernan se lanzó a golpearlo. Mis tías se lanzan al tiempo a atajarlos. Los gritos de ellas se unen a los improperios que se lanzan los hermanos. De un momento a otro sale mi papá y empuja a mi tío Hernan, este lo insulta. Empiezan nuevamente los gritos y los improperios, pero esta vez los protagonizan los otros hermanos –mi tío Edgar se ha ido-. De un momento a otro veo que mi papá saca el machete que descansa detrás del armario. Salta por encima de todos gritando: ¡yo mato a ese cabrón! Todos se lanzan a detenerlo -menos yo-… Después de media hora de ofensas entre los hermanos, mi tía Gladys convence a mi tío Hernan de que la acompañe a su casa; La trifulca cesa; el silencio entra sigiloso al aposento. ¡Que treinta y uno tan extraño! Pienso en tanto me percato que aún baja un hilo delgado de sangre de mi oreja derecha…

miércoles, diciembre 06, 2006

Ingreso al Ejército


Hoy hace diez años entré al Ejército Nacional de Colombia. En la vida hay eventos que nos transforman la existencia definitivamente; ese, ¿cómo negarlo? Ha sido el evento más determinante en mi vida.

Iba hacía el trabajo por la carrera treinta, estaba aburrido, desilusionado de mi situación. Miraba a las personas, miraba los postes, miraba el cielo gris de aquella mañana. Cuando iba pasando frente al coliseo recordé que en esos días había reclutamiento. Me levanté, me bajé y crucé el puente peatonal con el corazón galopándome en el pecho. Entré y vi el coliseo abarrotado de jóvenes con edades que oscilaban entre quince y veinte años. El ruido de las conversaciones, aunado con el grito de los soldados que llamaban, lista en mano, a los futuros reclutas, era ensordecedor. Me senté a la izquierda de uno de aquellos soldados que llamaban. Cuando escuché que iniciaban los apellidos por N; me levanté y descendí por las mismas escaleras que lo hacían los demás. Aún siento el estremecimiento de cruzar la puerta y escuchar el ruido de segundos atrás, como si fuera ajeno, extraño al mundo al que ingresaba.

Después de un protocolo de preguntas me senté en un grupo de los cinco que se congregaron en ese sitio. A mi izquierda estaba un muchacho de un metro ochenta aproximadamente que fumaba copiosamente en tanto miraba al suelo con manifiesta tristeza. Yo, aburrido y, por que no decirlo, arrepentido, miraba en todas las direcciones. Al poco tiempo el muchacho de mi izquierda me ofreció un cigarrillo de su cajetilla: ¿fuma?; sí, gracias, le respondí. Es una mamera estar esperando que estos hijueputas se les dé la gana de hacer algo, me dijo con rabia; llevo tres horas sentado acá y no me han dicho ni mierda, concluyó. Empezamos a hablar sobre el colegio, las compañeras, la familia. Tres horas después que me senté ahí empezaron a llamar a los que no les aparecían los papeles. Yo sabía que era uno de ellos. Me llamaron una hora después que hicieron el anuncio. Pasé, di mis datos –la dirección y el teléfono falsos, por supuesto- y me devolví a donde estaba. Pasaron dos horas más para que nos dieran algo de comer: pollo simple, con lentejas saladas –quizás para equilibrar- y un arroz congelado. A pesar del hambre comí de mala gana. Una hora después nos tocó desvestirnos y esperar que pasara una mona lindísima a tocarnos los testículos. Luego nos vestimos, nos sentamos y empezamos a escuchar el interrogatorio: ¿quiénes tienen quince años? Dos levantaron la mano; a fuera petris, les dijeron. Uno de ellos les rogó que lo dejaran, que no lo excluyeran. Después de medía hora de súplicas lo dejaron. ¿Quienes no quieren ir al ejercito? Siguieron preguntando. Nos miramos Julián (el compañero de mi izquierda) y yo, pero no levantamos la mano. Cuatro la levantaron. Váyanse a su mierda, pedazo de hijueputas, les dijeron en tanto ellos, los interpelados, salían. Después empezaron a contar una y otra vez. Seguían preguntando quién se quería ir, o quiénes tenían dieciséis años. Al final, después que salieron tres más, llegó un teniente (teniente efectivo) Vélez y señaló entre el grupo a un joven: usted, el de gorra, párece; el solicitado miraba para todos lados. Que se pare pedazo de hijueputa, le gritó con odió el teniente. El joven se levantó con cara de susto; váyase para su puta casa, le dijo el teniente. Pero, yo no me quiero ir, le respondió el muchacho. Me importa un culo lo que usted quiera, le respondió Vélez. Se larga ya o quiere que lo saque a patadas, concluyó el amable teniente. El interpelado se fue con la cabeza agachada. Luego el teniente miró el grupo y dijo con voz agreste: ¡ustedes, señoritas, de pie! Al instante nos paramos. Cuando cuente tres van a estar todos encima de los hijueputas camiones, continuó diciendo; si no quieren que sus putas mamás vean cómo los pateo. -aún quedaban personas esperando el desenlace-.Cuando dijo uno la mitad de nosotros ya estábamos arriba; cuando dijo dos, todos estábamos arriba.

Salimos del coliseo a las dos de la mañana. Cogimos la carrera treinta hacia el sur. A la hora vimos unos soldados parados en la guardia. Empezamos a subir. A los cinco minutos terminamos de ascender. Yo creía que estábamos en plena selva por el silencio, por la levedad del aire y por el ruido de los grillos, sapos, renacuajos y demás animales. Se apagaron los motores de los camiones. Oímos pasos de varias personas. Abajo reclutas, abajo hijueputas, abajo malparidos, nos gritaban desde la oscuridad personas que no lográbamos ver. Empezamos a descender lentamente hasta que sentir los gritos del teniente Vélez: abajo partida de afeminados; abajo perras; abajo nenitas. Lo único que podía distinguir en esa oscuridad, -además de las sombras de mis compañeros-, era, al lado derecho, una tenue luz. Hasta tres, dijo el teniente, y están en formados en la guardia. Todos nos quedamos quietos. ¿No me entienden hijueputas? Grito con rencor el teniente. No sabemos, dijo una voz en la oscuridad, dónde queda la guardia. Allá, cabrón hijueputa, en esa luz, respondió con severidad. En ese momento sentí que me empujaban desde atrás . Corrimos hacia el lugar que nos había indicado el teniente. Cuando llegamos encontramos un grupo de tulas perfectamente organizadas: alineando y cubriendo como un grupos de soldados disciplinados. Nos llamaron, al poco tiempo de llegar a la guardia, uno a uno y nos indicaban el lugar que debíamos tomar: usted, frente a esa tula, usted al lado de él. Una vez organizados llegaron más militares; se pararon frente a cada grupo (éramos cinco pelotones de setenta y dos personas cada uno). Mientras nos hablaban acerca del nombre de la compañía y otras cosas, veía al grupo del frente entrar al edificio que quedaba a mi derecha. Luego de una media hora vi que el segundo grupo –que había quedado al descubierto cuando la última fila del primero había salido- salía, al igual que el primero, al edificio de la derecha. Una hora después el turno nos tocó a nosotros –que para ese momento ya nos habían bautizado como el cuarto pelotón-. Cuando entramos vi a la izquierda quince soldados peluqueando y a la derecha a unos jóvenes tomándose fotos. Primero nos tocó tomarnos las fotos y luego nos tocaba peluquearnos. Luego volvíamos a salir. Cuando todos hicimos el circuito de la humillación –en cada parada nos insultaban copiosamente- nos paramos nuevamente a la tula que nos había sido asignada. Después de un periodo de silencio estremecedor sentí que alguien me empujaba bruscamente. Me voltee para encarar al agresor; ¿qué le pasa?, le pregunté con la irritación propia de la situación. ¿Qué le pasa a usted pedazo de mierda? Me contestó el teniente Vélez. Discúlpeme, no sabía que era usted, le dije con voz queda. Él siguió y se paro en la tarima que estaba en el centro de la plazoleta. Bueno hijueputas, inició diciéndonos; ustedes ya son soldados y deben comportarse como tal. Van a dejar de ser perras, como sus mamás; a partir de ahora van a ser hombre de verdad… la disertación continuó por media hora. Recuerdo que el teniente fumaba y hablaba al tiempo; cuando articulaba palabras le salía el humo en enérgicas volutas de humo, lo cual, por alguna extraña razón, me pareció agradable. Luego cada grupo se dirigió a un punto determinado del lugar. Nosotros, a diferencia de los otros cuatro grupos, nos quedamos en el mismo lugar. Apareció de las sombras un hombre flaco, de un metro setenta y cinco, con un cigarrillo en la boca y mirando el piso reflexivamente. Se quedo quieto frente a nosotros mirando el piso por un espacio de tres minutos. Luego alzo la cabeza y nos dijo suavemente: bienvenidos al infierno; acá todas sus pesadillas se harán realidad. Volvió a mirar al suelo durante unos segundos. Para que vean que no les digo mentiras, continúo, térciense las tulas. Nosotros lo hicimos sin vacilar. Ahora, cuando yo diga uno ustedes bajan así; cuando diga dos se ponen en esta posición. Nos va poner a hace sentadillas, pensé al tiempo que el extraño personaje daba las instrucciones. Uno, empezó a decir; todos tienen que hacerlo al tiempo; haber, uno…no, al tiempo, uno… el de atrás está dormido…uno, ¡hijueputa, que al tiempo! ¡al tiempo! ¡AL HIJUEPUTA TIEMPO SOLDADOS REMALPARIDOS! Uno, eso, así; sí ven que podían. Dos.. ¡que al mismo tiempo SOLDADOS HIJUEPUTAS! Uno, dos, uno… dos… uno… dos… uno… dos…
uno…
dos…
así nos tuvo una hora, subiendo y bajando cada vez más lento. Las piernas me dolían terriblemente, al final creía que no iba a aguantar más. Creo que ya se convencieron que este es el infierno. Las dos primeras filas, continúo diciendo, sigan a ese soldado; las otras dos síganme.

Llegamos al alojamiento-así denominaban ellos a los cuartos-, nos desvestimos, metimos nuestra ropa en la tula, la amarramos lo mejor que podíamos y le pusimos el candado verde con el que venían… a la media hora de estar durmiendo escuché a lontano la voz de alguien que gritaba; no me importó, me di media vuelta y seguí durmiendo. A los cinco minutos sentí que el agua fría bajaba por el cuello. ¡no entendió hijueputa que se levante! Me levanté asustado, no sabía dónde estaba. Miré a mi alrededor: todo estaba solo, no había nadie. Saque rápidamente todo lo de la tula hasta que encontré la toalla y el jabón. Metí rápidamente todo en la tula. La mitad se quedó por fuera, la metí debajo de la cama salí corriendo hacia la izquierda del alojamiento… ¿a dónde va hijueputa? Al baño, respondí asustado. Con el dedo el soldado me señalo que el baño quedaba al otro lado. Salí corriendo rápidamente hacia donde él me señalaba. Cuando entre vi el baño llenísimo. Me dio pereza hacer fila para bañarme. Le dije a un man que estaba cerca que me regalara un poco de papel higiénico. Hice lo que tenía que hacer. Luego me bañe las manos con tranquilidad. Espere que se desocuparan las regaderas y entre apaciblemente. Cuando me estaba jabonando la cabeza sentí una patada en mis nalgas desnudas. ¡CREE QUE ESTA ES SU CASA Y QUE YO SOY SU PUTA MADRE! Siguió pateándome hasta que llegamos al alojamiento. Me tocó secarme el jabón con la toalla y ponerme rápidamente la ropa que reposaba en el suelo.

viernes, diciembre 01, 2006

Los días sin tiempo

El mejor periodo de la vida es, sin lugar a dudas, el del colegio. En mi caso los recuerdos del colegio han sobrevivido a los dientes del tiempo, ¿cómo no hacerlo? Mis más entrañables amigos vienen de ese periodo y las raíces de mis reflexiones están adheridas a los largos debates con mis amigos. Los recuerdos más dulces vienen de esos días: fechorías juveniles, los cigarrillos fumados en el baño, las bebetas de aguardiente en las convivencias (conbebencias, como acertadamente les llamaba Diego Navarrete), las saltadas de muro para “capar” clase, etc.
Ahora, más de diez años después, mi vida perdió la dulzura de aquellos días y se enfila al despeñadero de la convencionalidad con vertiginosa velocidad. Los días, iguales unos a otros, se pierden en el horizonte sin una sola migaja de la alegría que atizaban aquellos días, razón suficiente para no perder los momentos que aún se aferran a la memoria.
Sean, pues, las siguientes anécdotas un tributo a los mejores días de mi vida.

jueves, noviembre 16, 2006

Grado



Hoy -28 de noviembre-hace diez años me encontraba bebiendo desaforadamente. La bebeta la inicie el día anterior por la tarde. Salí de trabajar y me fui directo a la casa de Rodrigo. Cuando golpée la puerta tuve la sensación que esa iba ser la última tomata en buen tiempo, pero la deseche con un gesto. El marica me recibió con una sonrisa y un ¿qué pasó güevón? Nada, le respondí; sólo quiero emborracharme con usted. ¿Y eso? Despecho ¿o qué? Me pregunto con la sonrisa puesta aún en los labios. Nada, lo que pasa es que me gradúo mañana y quiero llegar borracho, o por lo menos enguayabado, le contesté. En ese caso, respondió inmediatamente, espere bajo la plata… mejor suba conmigo mientras lavo la loza y después bajamos a comprar algo. Mientras subíamos yo miraba las escaleras blancas y el filo de hierro que le ponen en los bordes; me recordaban las escaleras de la casa de mis padrinos -lugar donde pase gran parte de mi niñez-. Arriba -en ese tiempo vivía con una tía en un tercer piso- nos tomamos una gaseosa y hablamos mientras ese man lavaba la loza. Cuando terminó fuimos a una cigarrería que quedaba a dos cuadras de la casa; en ella compramos dos botellas de aguardiente barato y un paquete de cigarrillos. A las once de la noche ya habíamos acabado la primera botella. A las once y media llego la tía y se sentó a hablar media hora con nosotros y luego se fue a dormir. A las dos de la mañana Rodrigo saco el único cigarrillo de canela que le quedaba de media cajetilla que le había robado a un amigo, en una noche de juerga, a comienzos de ese año. Tome marica, su regalo de grado, me dijo en tanto me lo daba. Lo prendí con solemnidad. Sentí el sabor jugueteándome entre el paladar y la lengua. Gracias marica, le dije. A las tres de la mañana se acabó la segunda botella de aguardiente; Rodrigo saco un cuncho de algún trago que no recuerdo. Lo tomamos hasta las cuatro de la mañana. Me acosté a dormir en la cama de Rodrigo y él en la cama de Esteban, el primo, y Esteban se acostó con la mamá. A las seis de la mañana me despertó Rodrigo. Me bañe y me fui a mi casa para cambiarme e irme. En la casa me obligaron a bañarme otra vez – nadie creyó que ya me había bañado gracias al tufo de ochenta octanos que cargaba-. Me bañe, me vestí y me tome una foto con un canario mansamente parado en mi mano derecha. Salimos al teatro Astor Plaza. En la entrada del teatro estaba Fula con media botella de aguardiente encaletada en el bolsillo interior de la chaqueta. Apuramos, sin ningún reato de conciencia, tres tragos frente a todo el mundo. Luego Gustavo Navarrete dijo: vamos a tomarnos una cerveza mientras estos hijueputas abren la puta puerta. A las dos cuadras nos sentamos a tomar hasta que alguien dijo: ya abrieron, vámonos. Después que nos asignaron los puestos le dijimos a Ortiz que nos hiciera el favor de cambiarse de puesto para que quedáramos Patiño Diego y yo contiguos. Reímos como nunca en esa ceremonia. Cuando nos dieron los diplomas recuerdo que Martha Mantilla me dijo: espero que no siga como va. Me importó un pepino lo que me dijo y seguí saludando a los demás profesores; cuando terminé de saludarlos di media vuelta y levante la mano con los dedos índices y medio abiertos señalando la victoria obtenida. Después las fotos, los saludos y las presentaciones interfamiliares; luego el almuerzo y la ida a la casa a dormir por la tarde. Por la noche salí a tomar con unos primos hasta el amanecer.

Nabyl





Hace un momento, cuando decidí escribir sobre Nabyl, me asaltó el recuerdo del primer y del último día que nos vimos.

Recuerdo, como acabo de decir, el primer día que hable con Nabyl: era una mañana fría de comienzos de año (seguramente era marzo); Cristina Mora me había echado del puesto porque, según ella, no la dejaba atender clase, ni la dejaba estudiar cuando era necesario hacerlo. Yo, orgullo en ciernes de adolescencia, me fui al único puesto vacante del salón: el pupitre habitado por el más solitario y callado, pero nunca insulso – eso lo puedo jurar sobre una Biblia – Carlos Ortiz. Me fui con los dos cuadernos que siempre llevé en octavo (eran dos cuadernos de cincuenta páginas con la publicidad de de expreso Bolivariano: tenían dibujados, a la vera de la vía por donde circulaba la flota de marras, un par de lechones que Diego Navarrete adorno con ostentosos falos enhiestos), y le dije: Ortiz, ¿me puedo sentar acá? Él levanto la mirada con lentitud y asintió con un tenue movimiento de cabeza. Me senté y miré a los compañeros del puesto de adelante para saber quienes conformarían el grupo de charla y quizás de garbullo. Uno de ellos era un joven callado al que no le conocí la voz hasta la semana siguiente. Al lado de él se hallaba un niño de conversación fácil y trato amable que dijo llamarse Nabyl (¿Na… que?, recuerdo que le pregunté, cuando extendió su mano derecha para presentarse)…

El último día que nos vimos fue precedido por una ingesta de cerveza con Walther-aquel joven callado que compartía el puesto con Nabyl- y el negro. La vida o el destino nos unió esa noche para rememorar los últimos años que pasamos juntos. Recordamos, por ejemplo, la facilidad con la que Henry se excitaba y su clásico incidente en el almacén Éxito; los gemidos que, al filo de una pregunta lanzada al aire por la profesora, emitía Patiño y que, al son de chillidos de marrano, amenizaba la aridez de los días de octavo. Tomamos hasta que, cerca de las tres de la mañana, nos echaron de la tienda y nos fuimos a rematar la tomata en la casa de Walther. Allí seguimos con algunas anécdotas y con algunos comentarios que se fueron apagando al tiempo que la aurora entraba por la ventana del cuarto de Walther…

Todos al otro día salimos de afán a cumplir nuestras obligaciones (era jueves). Salimos Nabyl, el negro y yo hacía la casa del Negro. Hablamos poco mientras llegamos a esta; una vez estuvimos frente al hogar - dulce hogar - del negro nos despedimos del suscrito y continuamos nuestra ruta. Cuando pasamos frente a la panadería del padrino del negro le dije a Nabyl que entráramos porque no me aguantaba más las ganas de tomarme una gaseosa. Pedimos dos coca colas y las apuramos de tres sorbos largos. Salimos rápidamente hacia la calle 68, la cual recibió a Nabyl con la buseta que lo llevaría presto al trabajo…

Quince o veinte días después me llamo Nabyl para preguntarme si conocía alguna vieja que midieran más de un metro sesenta y cinco; le dije que conocía algunas mujeres con la condición pero ninguna tenía la disponibilidad de tiempo que él requería (de hecho nunca supe para que necesitaba mujeres con esas características); hablamos sobre su vida, su novia y su trabajo; “uno se pasa la vida esperando que las maricadas le lleguen, pero cuando le llegan, le llegan”, recuerdo que me dijo como colofón a la enumeración de los aciertos que el destino o el azar le habían atravesado en el camino; y después de una breve pausa redondeo la idea afirmando que “cada uno tiene lo que se merece”. En ese momento le entró una llamada y se despidió con un sencillo “hablamos luego”…

Patiño




El primer recuerdo que tengo de Patiño es una imagen que tiene casi dieciséis años: lo veo parado en la misma fila en la que estoy yo; son las ocho de la mañana y los profesores están distribuyendo los alumnos en siete filas para organizar los cursos. Patiño tiene cara de ser un gamín de siete suelas; está mirando al suelo y parece que está rabón por quién sabe qué razón. Levanta la cabeza hacia donde yo estoy, miro a otro lado para evitarme problemas –ustedes saben: ¿qué mira hijueputa?, ¿me le parecí a su madre o que?-. Eso fue el 3 de febrero de 1991.

Otro recuerdo viejo (quizás el siguiente en antigüedad al que acabo de referir) fue a mediados del mismo año. La profesora Edilma Peña estaba escandalizada porque había alumnos que se escondían en los baños para no entrar a clase, razón que la impulso a convocar, junto con la directora de curso (Aidé Unas Mosquera), una reunión con los alumnos. Después de una larga disertación de Edilma sobre el deber y las obligaciones dio el nombre de los implicados: Patiño, el abuelo, Espinel y creo que Casas. La profesora, al ver la cara de susto de los comprometidos, se envalentono y lanzó la primera pregunta a Patiño: Usted por qué no entró a clase; yo no entré a clase, respondió Patiño con voz firme, porque su clase me parece muy aburridora, y creo que no sirve para nada. Edilma se puso pálida de la ira; no sabía que decir. Patiño tenía la sonrisa del vencedor.

Diego Navarrete




Recuerdo que en octavo (el primer semestre del 1993, para ser exacto) la profesora Ana Delia de Páez nos puso a exponer,a Diego y a mí, el caso especial del trinomio al cuadrado perfecto. Yo le dije a Diego más de una vez que preparáramos la exposición, recuerdo que el marica me decía: no se preocupe que eso es fácil; nos vemos diez minutos antes de entrar del descanso y lo preparamos. Yo estuve esperándolo hasta que sonó el timbre para empezar la clase; ahí fue cuando apareció, estaba tranquilo, como si no tuviera ningún compromiso. Entonces, ¿qué hacemos?, le dije. Usted empieza con la teoría y yo explico el ejemplo. No, ni mierda, le dije; yo hago el ejemplo y usted empieza con la teoría. Listo, respondió. Llegó la profesora y empezó este marica a explicar como pudo –no muy bien, por cierto -. Me tocó el turno a mí; cuando iba en la mitad del ejemplo la profesora me regaño, porque no había preparado, por que era un irresponsable, etc. Luego extendió el regaño a Diego. Creo que ese es el recuerdo más viejo que tengo de Diego Navarrete.

Otro recuerdo que me asalta en este momento también está relacionado con una exposición; en este caso fue en Corferías y fue en el informe que rindió Martha Luz a una gente de la Universidad Pedagógica de su supuesta innovación en la enseñanza de la física. Nosotros estábamos en el están de Expociencia viendo pasar niñas lindas cuando se nos acerca Martha Luz a pedirnos el favor que asistamos a la ponencia; nosotros, caballeros a ultranza, aceptamos la invitación. Recuerdo que la profesora le temblaban las manos y la voz en cada parte de relación que daba. Al final de ella -de la exposición- se le aclaró la voz y dijo: aquí casualmente hay alumnos míos; si quieren les cedo la palabra para que ellos hablen de sus experiencias. En ese momento me di cuenta de la emboscada que nos había tendido. Nos paramos Diego Navarrete, William Lancheros, creo que Rafael –el sobrino de la profesora Luz Estella Vanegas- y yo. Si no me falla la memoria empezó William Lancheros, a quien, al primer despropósito, Diego le pidió (quito, mejor) la palabra para iniciar a hablar maravillas de Martha; minutos después, cuando su discurso empezaba a decaer, tome la palabra, y cuando empecé a enredarme –quizás halla sido cuestión de principios: alabar a la tirana, eso nunca- la retomó Diego, así hasta que todos hablamos. La profesora, una vez se termino la farsa, nos colmó de agradecimientos. Este recuerdo data de octubre de 1995.

Negro





El primer recuerdo que el tiempo me trae del negro sucedió este año. Estamos en un chuzo en la calle 68. Estamos escuchando buen rock; yo estoy tomando té y el negro está tomando Costeña. Empezamos a hablar de todas las personas que conocemos; de nuestros proyectos, de nuestros recuerdos, de nuestras opiniones. El negro me cuenta los pormenores del rompimiento con Astrid; las minucias, los detalles que no había conocido. Siento que nuestra amistad reverdece bajo la tenue luz. Me alegro inmensamente. Al tiempo que el negro habla me digo: ¡que bueno que no he perdido este amigo! Cuándo el chuzo queda solo el negro se para a hablar con el man de la barra y luego me llama para que me integre a la conversación. Minutos después salimos al frío más cabrón que yo haya sentido en mi vida – la neblina era tan densa que no se podía ver más allá de veinte metros -.

Otro recuerdo que me llega en este momento sucedió por allá en el año 2000 (comienzos del segundo semestre). Salimos a tomar el negro, Suárez, Jorge y yo. Teníamos para dos cervezas cada uno. Cuando terminamos con el par de chelas salimos para nuestas casas. No recuerdo porque nos quedamos solos el negro y yo; bueno, el caso es que cuando íbamos llegando a la treinta nos encontramos con mi hermana y con el novio; ¿ya se van?, nos pregunto con curiosidad Diana. Sí porque no hay plata, le contesté. Ella entonces dijo: si es por eso no se preocupen, acompáñeme a tomar una cerveza con Daniel y después nos vamos para la casa. Esperamos a que ella terminara de comerse el perro que estaba degustando y entramos a la tienda a tomar hasta media noche. Luego salimos a coger bus para la casa. Nos montamos en un colectivo que decía Suba Compartir. Llegamos al apartamento y el negro me dijo que tenía hambre. Fui a mirar las ollas y encontré que mi mamá había hecho pasta. Le serví a él y a Daniel; Diana y yo no comimos. Recuerdo que el negro dijo que nunca se había comido una pasta más rica. Al otro día fuimos a la casa de ese man –en el camino me regalaron dos bon ice- y luego arrancamos para el centro porque yo tenía una cita con Carolina Rodríguez. Llegamos una hora tarde a la cita, razón por la que decidimos irnos a pie a la oficina del papá de Carolina a buscarla. Frente al Terraza Pasteur una vieja me pidió un cigarrillo; yo le di el que me estaba fumando; espera, no te vayas, hablemos un rato, me dijo la vieja con el cigarrillo en la mano; yo tengo afán, hablamos después, le contesté. No, quédate, insistió ella. En ese momento el negro se devolvió para saber que pasaba. Al mismo tiempo que venía el negro por la derecha venía por la izquierda un man gritándome groserías; el negro me dijo: camine güevón que esto se puso feo…

Walther





Walther en octavo le tocaba sentarse con Jenny Tanco –no estoy seguro del apellido, pero estoy seguro que se llama Jenny-; esa vieja era altísima y flaquísima, de mal genio pero buena gente. Una mañana Jenny se cambio de puesto porque, decía ella, estaba aburrida. Se fue a sentar con una niña de apellido Urbano (una pequeñita que nunca le conocí la voz). Nabyl llegó presto a ocupar la vacante. Después del descanso Walther se dio cuenta que Jenny había dejado un cuaderno en el puesto; se quedo mirándolo con detenimiento; hasta que encontró el nombre del amado y, ¡vaya sorpresa!, una carta que el pretendido le había enviado. La leímos con voz trémula e impostada Nabyl y yo; nos burlamos de ella hasta que nos cansamos. Al final decidimos botar el cuaderno unos puestos más adelante para que ella no se diera cuenta que le habíamos hurgado su intimidad y para que no supiera que nosotros le habíamos rayado el cuaderno.

Otro recuerdo de Walther data de hace un par de años (la fecha exacta se perdió en la noche del tiempo). Ese día yo me había ido a darle una clase a una sobrina de una amiga-una clase gratis- cerca de la casa de Walther. Cuando la termine me fui a la casa de ese marica a ver si lo encontraba o si había algo para hacer. De pura chimba lo encontré. Nos fuimos un rato a donde el negro a hablar con Carlos y luego nos devolvimos para la casa de él. Luego de un par de cervezas –las cervezas se la tomaron él y un man llamado René que nos encontramos cuando volviamos a la casa de Walther- y unos cigarrillos, salimos hacia la séptima en busca de plan. Después de durar dos horas caminando desde la calle 48 hasta la calle 57, por la carrera séptima, entramos a un bar llamado El Gato Naranja. A los diez minutos que entramos una vieja entró mirándome como si me conociera; yo no le puse mucho cuidado y seguí hablando con Walther. Aburridos de estar parados contra la escalera nos fuimos a sentar a una sala que estaba al lado derecho de la barra. Allí estuvimos hablando mierda y riéndonos como una hora. En este lapso la vieja me miraba, cada vez que pasaba, con sincero deseo. Walther me decía: marica, cáigale, no sea güevón. No, marica, esa vieja está como fea, le contestaba yo. Luego nos paramos y nos fuimos hacia la barra para pasar el rato. En ese momento pusieron una descarga de música que me subió el ánimo –duro cerca de hora y media-; al final de esta me dirigí a la barra a pedirle una cerveza a la vieja que me miraba insistentemente (a estas alturas de la noche ya me había dado cuenta que ella trabajaba ahí, y estaba convencido que le gustaba). Me vendes un águila por favor, le dije con aire de casanova en decadencia; ella me miro a los ojos y me cogió la cara y luego me consintió la cabeza –creí que me iba a dar un beso-. Claro bebe, ya te la traigo. En ese momento ya me estaba animando a hacerle la corte a esa vieja. Minutos después Walther salió a hablar con ella, seguramente le dijo algo de mí –esto último lo infiero del hecho que cuando él estaba hablando con ella me miraba y me señalaba constantemente-; la vieja me miro con resentimiento, dio media vuelta y no me volvió a mirar por el resto de la noche. Cuando estábamos esperando el bus para ir a la casa de Walther vi a la vieja asomarse por la puerta del bar; allí estuvo hasta que cogimos el colectivo. Desde entonces no la he vuelto a ver (Walther la volvió a ver un par de veces más).

Suárez




El recuerdo más vivo de Suárez –y estoy seguro que todos los que conocemos a Suárez desde el colegio lo recordamos con nitidez- sucedió en noveno (1994)-. Estábamos esperando que iniciara la primera clase cuando vemos aparecer a Suárez con los libros en la mano izquierda y la maleta, asida por una hebra, en la mano derecha. Cuando se acerca a nosotros percibimos un olor nauseabundo que nos repelió inmediatamente. Ufff, Suárez, se vomitó, le preguntó alguno de nosotros con clara intención de inaugurar la ristra de insultos y befas. No, yo no fui, respondió Suárez quedamente; fue un borracho que me vomitó la maleta. Primero nos miramos, luego nos reímos a carcajadas, finalmente, nos burlamos de su suerte hasta que llegó el profesor. La maleta estuvo colgada en una ventana toda la mañana –acto que, visto a la luz del tiempo, me parece asqueroso: una maleta vomitada aromatizando el salón-.

El segundo recuerdo me llega del año 2000. Al día siguiente que celebramos el cumpleaños de Walther con una bebeta espantosa, decidimos venirnos para el apartamento a tomar más. Cuando íbamos saliendo Hamer, el hermano de Walther, nos pidió el favor que los ayudáramos, a él y a su amigo, a llevar una batería a suba. Aceptamos y cada uno cogió una parte. En la avenida Carrera 68, Suárez montó una coreografía con los platillos que nos dobló de la risa. Finalmente una buseta nos quiso llevar. En la buseta seguimos riéndonos. Cuando llegamos a la casa armamos, o bueno, armaron la batería Hamer y el amigo, y luego nos vinimos para el apartamento. Acá nos tomamos un jugo que estaba en la nevera. A la hora se fue Hamer y el amigo y quedamos Walther, Suárez y yo hablando de todo. Al rato llegó mi mamá; los saludó, nos hizo algo de comida y después se sentó con nosotros a hablar. Recuerdo que Suárez -después que yo le contara a mi mamá que una mañana Suárez amaneció acostado con Doña Cleotilde- le dijo que le gustaba esa señora (para ser más exactos dijo: esa viejita aguanta). Yo creo que pocas veces me he reído tanto. Después mi mamá se fue a ver televisión y nosotros tres nos quedamos tomando y hablando hasta el amanecer.